jueves, 22 de diciembre de 2011

Una rosa roja




Mañana voy a morir, a dormir para siempre. No sé si agradecérselo a Dios; en realidad no sé si Dios existe. Solamente han pasado cuatro meses y diez días (llevar esa pequeña cuenta es lo único que me mantiene aferrado a este mundo) desde la última vez que vi tu precioso rostro, angelical dulzura. Mas parece que han transcurrido cuatro vidas.
En este oscuro y subterráneo pozo hemos asistido a la vida y a la muerte cerca de cincuenta personas (aunque los llantos y gritos desgarradores que atraviesan la noche parecen ser los de mil almas); poco a poco he perdido de vista a estos “nuevos amigos”; sé que nunca los voy a volver a ver, y también sé que es la hora del adiós.


—¡Sargento Ferrini!
—Sí, señor.
—¿Conoce a estas personas?
—No, señor.
—Teniente de Corbeta Pasqualini, Cabo Primero López y Sergento Lúquez.
—Mucho gusto.
—Mucho gusto.
—Señores, los he convocado porque ustedes van a ser los responsables del próximo traslado. En la semana entrante vamos a recibir ciento quince nuevos terroristas, y debemos limpiar este lugar del resto de la anterior basura. Los últimos dieciséis subversivos van a ser llevados en la misma unidad aérea de los tres anteriores traslados. El Teniente Pasqualini va a estar a cargo de la operación, que se va a realizar el domingo a la madrugada. ¿Alguna pregunta?
—No, señor.


Cuando miro hacia arriba, intento divisar en la oscuridad las delicadas facciones de tu rostro. El no volver a verte me atormenta un poco, y tengo que viajar muy lejos, hacia aquellos días en donde parecía que éramos los dueños de la Tierra; es lo único que me eleva de este negro infinito. Pero suerte que soy yo quien está acá, porque si te hubiera tocado a vos, habría sido doloroso para una mujer tan llena de vida y fuerza, ir sucumbiendo física y psíquicamente a los tormentos de estos mensajeros del diablo.
¡Cuánto extraño la dulzura de tus manos, el aroma de tu pelo, la sonrisa que todos los días me recibía puntual! Daría la vida que voy a perder, por verte solo una vez más, amor, solo una vez más.


Justo me tuvo que tocar a mí. Este mugriento sabe que soy uno de los más débiles. Por un lado no tengo fuerzas para hacerlo, aunque me digan que es por el bien de la Patria; pero por otro lado, anhelo que llegue ese ansiado momento; no sé, me siento poderoso, grande, con la capacidad para decidir sobre la suerte de estos terroristas como si se tratara de mosquitos a los que puedo aniquilar de una palmada.
Mas los fantasmas que pueblan mis pesadillas son cada vez más. Una legión de seres desnudos, sin rostro, deformes, que claman por piedad y más piedad, y que vuelan como negros cuervos para perderse en el fragor de la noche atlántica. Y uno de ellos, antes de que se lo devore la oscura señora, me mira fijamente a los ojos, me acribilla con su mirada de fuego, sin que pueda defenderme, y pronuncia mi nombre antes de desaparecer con una risa infernal.
El bienestar de la Nación y los órdenes del Capitán Bernao me lo demandan; y yo no me puedo negar.


     Si me pudieras ver en este momento, ahora, en este estado, no me reconocerías. Ya me pasó a mí al verme reflejado en un espejo (que no sé de dónde vino ni por qué está acá) por debajo del "tabique" que tenía puesto. El lugar en donde vivimos el último tiempo los cincuenta, mide, creo, cinco metros por diez (si hay algo que siempre voy a agradecer es el hecho de poder evadirme de este averno gracias a la facultad de poder jugar con los números). He perdido totalmente el sentido del olfato (quizá por las torturas, no sé), y al estar entabicado todo el día, las sensaciones penetran en mi mente a través de los otros sentidos. Por eso sé que la celda no tiene ventanas, el piso y las paredes son de cemento, aunque el suelo se me antoja resbaladizo, quizás por los desperdicios humanos y restos de comida que lo pueblan.
Te voy a contar un secreto. Creo que estoy enloqueciendo; en el rinconcito de la jaula en donde me toca dormir (aunque sea un par de horas), ha florecido hace cuatro días una rosa roja, y una verde gramilla está aflorando en el cemento. Pero no sé por qué.


¿Por qué no simplemente descerrajarles el cerebro de un tiro, y luego tirarlos al horno de la Escuela en vez de arrojarlos al mar? Pero hay una cosa de la que no hay que dudar: los subversivos deben morir.
Es una guerra; y en la guerra hay bajas en ambos mandos.
Este es mi segundo traslado. Ahora ya sé cómo es todo. La primera vez fui engañado, y estuvo bien; porque si desde un comienzo hubiera sabido el destino real, no sé si hubiese tenido las fuerzas suficientes para hacerlo; no porque tuviera desánimo o miedo a matar, sino porque no está en mi formación como soldado el hecho de aniquilar enemigos a escondidas, fuera de la ley, sin dar a conocer oficialmente las bajas de ambos mandos. La orden que había sido dada en ese momento era la de llevar a los terroristas a una cárcel de máxima seguridad en el sur del país; pero a mitad del viaje el piloto del avión de carga en el que viajábamos viró 10º hacia el este, y mi superior en ese traslado, el Capitán Zárate, ordenó empezar a arrojar los enemigos (que estaban dopados) al océano; luego volvimos y estuve una semana sin poder dormir, consultando a mis superiores y dándome cuenta que todo es por el futuro de la Patria.
Por eso esta vez todo va a ser más fácil (o menos difícil). Creo.


Pasan por mi mente recuerdos de todo tipo. Rememoro la casita de mis padres, mis amigos de la primaria, la secundaria, mi primera novia, los asados del viejo, el café con leche que todas las mañanas me preparaba la vieja, las discusiones con mi hermana mayor, Sara, las clases de la Facultad, el Fiat 600 de papá, los partidos de fútbol de todos los domingos, y tantas cosas...
Y me duele acordarme de vos, porque sé (lo presiento) que desde mañana no vas a tener quien te pueda proteger, amar, cuidar. Quiero que te olvides pronto de mí; que encuentres un hombro en donde llorar, alguien que te haga feliz. No podés imaginarte cómo se clava en mi corazón la desesperanza de no volver a verte nunca más. Solo espero que vengas flotando de nube en nube, que atravieses estas gruesas paredes, y te abraces a mí para poder morir mejor.


La vida me condujo a esto, a ser lo que soy; y no me puedo quejar. Hay que enfrentarla y destruirla, para que ella no te destruya a vos. Sin concesiones. Lo aprendí cuando niño, lo ejercité en la adolescencia, y lo reafirmé en la Escuela Militar. Es necesario, aún sin ayuda, dar pasos firmes y enfrentar cada encrucijada como si fuera la última.
Sábado por la noche. El traslado está previsto para las 04:00. Son las 00:10 y no puedo dormir. Hace casi una hora desperté, con grandes gotas de sudor que me corrían por la espalda. Alrededor de la cama, y por toda la pieza, están ellos. Seres grises, deformes, sin rostro. ¡¡Váyanse!! Basta. No se mueven ante mi advertencia, solo ríen con una infernal carcajada. Uno de ellos, sin embargo, se acerca a mí. Tranquilo; es solo mi imaginación. Pero me toca un hombro, y su rostro toma color y textura. Y es increíble: ante una mezcla de admiración e incoherencia, mientras siento sus dedos aprisionándome, lo miro fijamente a sus ojos, y veo tristeza y dolor en la profundidad de sus cuencas. Pero eso no es todo, sino que hay algo más: sus facciones son iguales a las mías. En ese momento, la habitación queda vacía. Mientras vuelvo a la realidad, miro el reloj. 01:15. Es hora de partir. La Patria está esperando mis servicios, y yo no la puedo retardar.


Los pasos se sienten pesados, como martillos sangrantes. Creo que nadie duerme. Lo siento en la respiración entrecortada de cada uno de nosotros. Se huele el miedo, la resignación, las ganas de vivir. Ha llegado el momento, amor, el cruel momento. Mas no tengo miedo; sólo ansias de estar con vos, de apoyarme en tus ojos en el último instante.
Mientras abren la puerta, y nos sacan uno a uno, quito la rosa roja del rincón y me la llevo bajo el resto de mi camisa (increíblemente, sin que ellos reaccionen). Nos sacan a golpes, insultándonos, y nos llevan a la enfermería, donde nos dan una inyección, que dicen es para sacarnos las pulgas y piojos que pueblan nuestros cuerpos. Meto la mano dentro de la camisa; la bella flor está, y eso es lo importante.
De repente, pierdo noción del tiempo y lugar; los brazos y piernas no me responden. Sólo veo figuras negras moviéndose de un lado a otro, mientras un frío tremendo me cala los huesos. Adelante hay una especie de barco, de avión, de camión. No lo sé, solo escucho el ruido monótono de un motor en la bruma. Más golpes, más insultos, cuando nos llevan a ese lugar. Aferrándome a tu imagen, me desmayo al apoyar mi pie en el último escalón de la aeronave. Tan negra es la noche...


Para colmo, estos infelices se me desmayan; los terroristas vienen cada vez más flojos. Gracias a Dios, todo va saliendo tal cual lo planeado, sin inconvenientes. La eficiencia y eficacia con que se mueven mis dirigidos me hace sentir bien; y así debe ser, porque cada uno de nosotros es un engranaje de una enorme máquina, la cual debe funcionar bien, aceitada, sin desperfectos, sobre todo cuando se esperan de ella los mejores resultados.
El frío y la niebla son las únicas dos cosas que me molestan, pero una vez que estemos en el avión, estarán solucionados estos inconvenientes.
Y despegamos. Los subversivos están dopados, como zombis. Ya es hora de que cada uno de ellos sienta los efectos de la droga, y empiecen a caer dormidos en su siesta final. La escoria de este país debe ser aniquilada, y es una satisfacción ser quien lleve a cabo la misión. Aunque cueste, y no pueda entender todavía por qué nos movemos de esta manera, sin información al resto de la Nación, si lo que estamos haciendo es un bien a la población. Pero basta; mañana será otro día, y un soldado no debe discutir las sabias órdenes de sus superiores.


Es el movimiento alrededor mío lo que me hace volver en mí. Sin embargo, no se escuchan voces. Es raro; un gélido viento entra en el avión desde algún lugar. Sombras que se asemejan a seres humanos se desplazan de aquí para allá con movimientos certeros; están arrojando bolsas o bultos al mar desde una puerta abierta (desde ahí llega el invernal frío). Sin prisa, pero sin pausa, vienen acercándose al lugar en donde estoy tendido. ¿Para qué? Y entonces, la rosa roja que tengo junto a mi corazón, me aclara la mente; me grita, enfatizando cada una de sus palabras: “¡¡Los están tirando al mar!!”.
Intento gritar, defenderme, detener esta cruel matanza, pero ni siquiera puedo balbucear una palabra. Siento agitación en sus desplazamientos; aunque mis oídos han perdido sus facultades, comprendo que se alarmaron al darse cuenta que no estoy dormido como los demás.
Órdenes y contraórdenes se suceden en un espacio de tiempo increíblemente largo (al menos eso creo). Recupero el sentido auditivo en el momento exacto para oír dos infernales palabras en la oscuridad: “¡¡¡Tírenlo igual!!!”. Tres o cuatro pares de manos se pegan a mi cuerpo como negras sanguijuelas, me balancean en el aire, y me hacen volar hacia el infinito sin piedad. En el preciso instante en que sus manos se desprenden de mi debilitado cuerpo, abro los ojos para ver, extrañamente el rostro del soldado frente a mí: es mi propio rostro. Mientras la espesa bruma funciona como un túnel veloz hacia la inmensidad oceánica, mi mente escupe fuego e imágenes del pasado, buscando una relación, sin poder encontrarla. El agua helada me recibe alzando sus brazos; se me antoja demasiado compacta...


Como si no fuera suficiente el tener que aguantar este frío colosal, tengo que ocuparme de todas las menudencias que, inevitablemente, ocurren en cada misión. Con Pasqualini y Lúquez somos los responsables del aceitado funcionamiento de este pequeño eslabón que forma parte de nuestro Grupo de Tareas. Pero noto a ambos con falta de decisión a la hora de ejecutar las órdenes de nuestros superiores, así que tomo la delantera, y comienzo a arrojar los cuerpos dopados de los terroristas hacia el mar; por suerte, esto envalentona a mis compañeros, que empiezan a trabajar conmigo haciendo todo más fácil.
Mas cuando todo empezaba a andar sobre ruedas, como corresponde, uno de mis soldados me dice que un subversivo está despierto, y que él no se encuentra capacitado para arrojar una persona consciente al mar; mi orden siguiente es simple: o echan el cuerpo del subversivo, aunque esté despierto, o los que caerán al mar serán ellos. De todas maneras, nuevamente debo dar el ejemplo, acompañando a este débil soldado, empujando el cuerpo al océano.
Y en el último instante, mientras la negra noche comienza a devorar al terrorista, hago algo prohibido: lo miro fijamente a los ojos: son rojos, muy rojos y forman parte de un rostro que no voy a poder olvidar jamás, simplemente porque es mi propio rostro. Siento como se me aflojan los músculos de mis piernas. Debo sentarme. Cuando abro los ojos de nuevo, y miro en derredor, sólo veo entes humanoides, como cuervos, con miradas acusadoras que desgarran de a poco mi piel; como una masa enloquecida de abejas asesinas, se abalanzan contra mí. ¡¡¡BASTA!!!. Siento mucho dolor; debo escapar. A lo lejos distingo una puerta abierta; una figura azabache de cadavérico rostro, suspendida en el aire, repite mi nombre con insistencia. Corro hacia ella, sin que nadie pueda detenerme; siento su abrazo, tan suave y dulzón como puede resultar el abrazo de una mujer; y me duermo en la oscuridad, escuchando una pesadillesca carcajada sin fin.


Por alguna mágica sensación, el agua oceánica es cálida, muy cálida, como un sol estival de mediados de enero. Hace diez minutos, creo, desperté flotando en la inmensidad. El final ha llegado, y no hay razón para hacerlo esperar. Caminando sobre las aguas, se han acercado hacia mí, sin murmurar palabra, cuatro seres de forma humana; sus rostros irradian una luz brillante que da bienestar y tranquilidad. Cada uno lleva una rosa roja pegada en su pecho; con desesperación, busco entre mis húmedas ropas la bella flor que hallé en la prisión; la encuentro. Está seca y con todos sus pétalos, a pesar de lo sucedido.
Ya no puedo respirar con facilidad; tengo los músculos de mis piernas cansados y mis manos entumecidas. Siento como el mar me envuelve poco a poco, entre sus amigos brazos. A medida que desciendo hacia la profundidad abismal, en la cual se distingue a lo lejos un brillante resplandor, observo a los cuatro seres de sonrisa bondadosa cayendo junto a mí; me dan tranquilidad, y una paz interior inexplicable. Experimento como la flor se desprende de mi mano y dirige la última travesía; se va transformando de a poco en tu bello rostro, con cabellos de seda, al tiempo que es devorada por el reluciente resplandor del fondo oceánico. Y ya no puedo esperar a hundirme en esa fuente de dicha infinita...


Juanito
1996




5 comentarios:

  1. Este relato no es para cualquiera (ni siquiera para mí, jaja). Es inteligente y de una narrativa difícil de seguir. Más todavía por el tema que tocás. Te felicito. Sos bueno, Juan. Gran escritor.

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  2. Gracias, Raúl, por tus palabras...
    Así es, la temática no es fácil, y que sean dos los protagonistas, bien distintos y mostrando en forma intercalada cada uno sus realidades particulares, además de la redacción en 1º persona, son todas cosas que no ayudan demasiado...
    Pero son cosas que muy lamentablemente nos pasaron como país, y siempre es bueno tener la memoria atenta para no olvidar lo terrorífico de esa época nefasta y volver a cometer los mismos errores... Aunque la memoria se manifieste, como en este caso, en forma de cuento...

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  3. Me encanto el relato.
    Mostrando los dos escenarios, el torturador y el torturado, con los dos finales uno un posible el infierno por una culpa que no puede exteriorizar y para el otro tal vez el cielo a su forma. ¿Pero quien puede ser declarado culpable o inocente en una guerra? TT_TT
    Me gusto mucho. Te sigo leyendo :D

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    1. Mil gracias por tus palabras, Neiglo, sos muy, muy amable.
      Esa fue la idea, tal cual la describís: mostrar las dos realidades que vivió nuestro país en aquellos años tan tristes de la última dictadura militar (1976 / 1983).
      En este caso me permito opinar, con sumo respeto, respecto a lo que vivió mi querida Argentina en aquellos años tan duros: no fue una guerra, ni mucho menos, sino todo lo contrario: se aplicó en esos años el terrorismo de estado en todas sus facetas (una de ellas retratada aquí con los llamados "vuelos de la muerte"), torturando y eliminando en forma sistématica, con un plan estratégico (a nivel nacional, pero también a nivel latinoamericano, en conjunto con las dictaduras militares que por aquellos años azotaron Uruguay, Chile, Paraguay y Brasil, entre otros países), a todo aquel que pensara distinto y se animara a opinar al respecto; y también a las personas que, sin tener nada pero nada que ver, aparecían vinculado de cualquier manera a aquellos. Tristes años, llenos de muerte, dolor, impotencia, que es mi deseo (y que espero sea el de todos mis coterráneos...) no se vuelvan a repetir jamás, nunca más.
      ¡Saludos!

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    2. Si, seria triste y doloroso que sucediera algo como lo que describes aquí de nuevo. TT_TT
      Interesante información por cierto. Hay muchas cosas que a veces desconocemos de la historia, y tu relato pone en manifiesto una muy posible realidad de aquel suceso :)

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