miércoles, 21 de septiembre de 2011

En la pared, un rostro




 
     Puedo contarte que desde hace dos años, subir escalón tras escalón se hace cada vez más difícil. Y está eso; eso que me espera, que ha generado una increíble dependencia en mi ser hasta lograr que mi vida no signifique nada si se ha marchado. Es dificultoso encontrar una explicación, debido a la escasez de sensatez en mi atribulado cerebro; puñales afilados se clavan minuto a minuto en mi locura, atosigándome con la verdad: la mancha es sólo una mancha, y nada más; no tiene absolutamente nada que ver con la enfermedad, ni con el pasado, ni con el futuro. Pero debo observar esa suciedad en el muro; debo poder predecir el destino a través de ella, debo consultarla, debo...

     Perdí mi fortuna; toda, no quedó ni un centavo; la podredumbre que corroe y avanza paso a paso en lo que ayer era un rostro igual a cualquiera, ha sido la causa de todo; no me quedan médicos por visitar en Inglaterra.

     ¿Has visto alguna vez a un joven de treinta años, con toda la vida por delante, poder, dinero, mujeres, negocios y demás? ¿Lo has visto? ¿Puedes imaginarte lo que es controlar en Londres el tráfico de opio en el año 1912, con sólo treinta años? Ese era yo. Hijo único, tras la muerte de mis padres en el hundimiento del Titanic, pasé a ser el mandamás de aquel negocio turbio. Las damas de la alta sociedad inglesa caían a mis pies; como era de esperarse, no soportaba la frigidez y frivolidad de aquellas mujeres que querían solamente el dinero, cosa que jamás compartí ni compartiré, aunque el infierno me esté esperando a la vuelta de la esquina, con un caluroso abrazo de bienvenida (lo deseo cada día más).

     La decadencia comenzó tras un viaje a China meses después de la muerte de mis padres. Urgentes relaciones comerciales con poderosos proveedores asiáticos de opio, reclamaban mi presencia. Pekín es una ciudad sobre la cual flota un halo de misterio, de magia, en cada calle, edificio o habitante que la puebla. Los tigres asiáticos de los negocios oscuros se ganaron mi confianza; empuje, sabiduría pese a la corta edad, y ni un gramo de idiotez o cobardía, las claves para convencerlos; el tráfico Pekín – Londres debía seguir. Mas no todo en aquel viaje a China fueron negocios; también hubo placer: mujeres perras de ojos rasgados, pechos fríos, y manos rápidas para las libras bien merecidas por sus servicios; fue a una de ellas a la primera persona que asesiné; quince años; no sé cómo la maté; sólo sé que, de un momento a otro, un hilillo de sangre brotó de su oreja izquierda, y su corazón dejó de latir para siempre mientras, desnuda, aflojaba la presión que ejercían sus uñas en mi espalda (todavía tengo esas marcas); por una fatalidad del destino, murió en mis brazos. Fue uno de aquellos hombres de negocios el que me la había facilitado, y fue él quien la arrojó a la puerta de una humilde residencia de Pekín. En el momento en que nuestro carruaje comenzaba a abandonar esa zona apestosa de la ciudad, la puerta de la casa se abrió, y una mujer, vestida de manera extraña, miró a la quien luego supe era su hija; al entender lo que había sucedido, lanzó un grito aterrador que nunca antes había oído. Miré hacia atrás, mientras avanzábamos hasta el luminoso barrio céntrico de la ciudad, y divisé los ojos amarillentos de la mujer que se clavaban en los míos, a la vez que con voz gutural, profetizaba algo en un idioma que no era chino, ni tampoco inglés.
     Olvidé aquel incidente. Volvió a mi mente al año siguiente, ya con los primeros síntomas de la enfermedad; subiendo la escalera de la mansión hacia los aposentos, divisé en un minúsculo rincón de la pared, bajo una lámpara, una mancha de humedad que simulaba un rostro. Extrañamente, era mi propio semblante, aunque un poco más deteriorado de lo que lo tenía por aquellos días.