sábado, 5 de noviembre de 2011

El reloj de Dios


(ilustración de Nicolás Gómez Sánchez)


El sol ardía, quemaba las entrañas de la Tierra. Sentado en un sucio banco de la plaza, Javier miraba el cielo; un cigarrillo se consumía poco a poco entre sus dedos.
“... Y la Muerte apareció como no queriendo...”.
Estaba cansado de los clasificados, las entrevistas que nunca llegaban a nada, la falta de experiencia laboral; “haga el favor de esperarnos, nosotros nos comunicaremos con usted”, y siempre lo mismo: la ausencia de respuesta. Dolía.
Se odiaba, como odiaba al universo. Por qué tuvo que traer un hijo al mundo; no lo sabía. El atado de puchos llegaba a su fin; hacía tiempo había prometido que dejaría el vicio pero no podía, no pudo ni siquiera con la llegada del bebé. La incertidumbre sobre un futuro demasiado hostil pesaba sobre sus hombros.
Conocía todas las calles de la ciudad y ya no le quedaban puertas por golpear (¿y las del Cielo?).
“... Naturalmente, ella iba vestida de negro...”.
En otro banco de la plaza dos amantes jugaban a encontrarse. Los envidiaba un poco. ¿Cuánto hacía que había estado en ese mismo banco? Milenios, quizás. Su mujer, la que él había soñado suya para toda la vida, ya no le pertenecía ni a él ni al resto del planeta. Los trastornos comenzaron con la noticia del embarazo. Javier tomó todo con inmensa alegría. A diferencia de Pía, para quien cada pequeña cosa se parecía a los sufrimientos de las almas en pena. El estado de enajenación de su esposa fue en aumento día tras día, sin que los médicos sabelotodo le encontraran solución. El punto máximo de locura, el día en que nació Blanquita. Pía jamás la reconoció como hija suya ni volvió a hablar desde el momento del parto; seguía haciendo las tareas de la casa, pero no le dirigía la palabra a nadie. La niña fue alimentada por la Abuela Pepa, la madre de Javier. Y a dos meses del nacimiento ocurrió el suceso del supermercado.
“... Tenía ojos rojos de fuego y una determinación en su semblante capaz de mover montañas...”.
Javier trabajaba desde los quince años como cajero en uno de los hipermercados más grandes de Capital Federal. Jamás un problema, jamás una queja sobre algo o sobre alguien; siempre era de los primeros en llegar, y ayudaba a los demás cajeros cuando no podían encontrar diferencias numéricas de todo un día de labor.
Mas todo terminó un lunes fatídico. Cuando llegó lo estaban esperando el gerente de la sucursal y el tesorero: faltaban diez mil pesos en su caja, y no pudo explicar por qué. Alguien había robado usando su buen nombre. Inmediatamente el despido, sin opción a réplica de ninguna clase. ¿Es necesario contar que nunca se supo el nombre del autor del robo?
“... Se acercaba más y más; no caminaba, más bien flotaba en el aire. Esquivando ocasionales transeúntes llegó hasta Javier: no llevaba azada...”.
Sabía, sentía que los lamentos no tenían que tener lugar en su corazón, que debía luchar contra la adversidad hasta ganarle a la vida, pero sus fuerzas se habían acabado. ¡Basta de esta vida de mierda! Ya no existían lágrimas para derramar; la fuente interior de las alegrías y tristezas se había secado y parecía un desierto blanco de sal.
Entonces, los ojos de Javier se cruzaron con los de la Muerte y fue ahí cuando se juraron amor infinito, que es lo único que cura todos los males. Y lo que era una salida demasiado fácil de todo aquello, se transformó en la única realidad: suicidio.