lunes, 30 de enero de 2012

Un ojo de la cara




Autores: Carmen Gutiérrez – Juanito



Enero de 2132: Se sorprende al ver su imagen en el espejo. Apenas puede creer que la figura marchita y desencajada que lo mira desde el cristal plateado sea él mismo. La ropa desgarrada y manchada de sangre, el cabello revuelto y las marcas de golpes en el pecho le hacen estremecerse. Pero lo que lo tiene atónito frente a su reflejo, es su rostro. Amarillento, seco y, lo peor de todo, le falta un ojo. La cuenca vacía le da un aspecto de cadáver tan tenebroso, que sonríe a su pesar. Lleva un dedo hacia el hueco extra en su cara, temblando, tratando de recordar. ¿Dónde está? ¿Qué habitación es esta?
Nada. En su cerebro no hay nada. A su espalda el brillo de la ventana capta su atención. Ahí dentro está oscuro pero la luz que se cuela por las rendijas de las cortinas le dice que es mediodía. Retira cauteloso la pesada tela y el resplandor del sol le hiere el ojo azul obligándole a cubrirlo con la mano. Buenos Aires está en llamas. La ciudad parece desierta aunque a lo lejos alcanza a escuchar las alarmas antiaéreas. Algunos disparos esparcidos interrumpen el monótono sonido. Desde el tercer piso donde observa aquella desolación, ve a un reducido grupo de militares corriendo por la calle, buscando algo o a alguien. Un soldado raso distingue al hombre que los observa desde arriba y se para en seco. La pequeña unidad se detiene también. En menos de un segundo seis fusiles apuntan al tuerto, esperando la orden de su capitán para disparar; una orden que no llega porque una explosión, a pocos metros de los soldados, los evapora, reduciéndolos a cenizas y pedazos humeantes de carne que vuelan por doquier. La fuerza del impacto lanza a nuestro hombre al otro lado de la habitación en medio de cristales rotos y astillas de madera.
Aterriza de nalgas detrás de un enorme escritorio de caoba. El golpe lo aturde y lo deja despatarrado sobre un montón de papeles. Busca asirse a la orilla del mueble para incorporarse y su mano encuentra un estuche de piel negra con bisagras doradas. No lo recuerda, pero sabe que es suyo. Se levanta apoyándose en el escritorio. Mira detenidamente el estuche y lo abre. El esfuerzo de la sonrisa que se dibuja en sus labios provoca que la resequedad de los mismos se abra, dejando la carne expuesta y unos pocos hilos de sangre escurren por su barba pelirroja. 
Regresa al espejo y coloca el ojo de vidrio, encontrado en el estuche, en la cuenca vacía. Su aspecto recupera algo de normalidad a pesar de que la prótesis le da rigidez en la cara. Se arregla los despojos de ropa que viste. En el suelo descubre una chaqueta muy elegante, la cual también es suya. Con el ojo falso y la chaqueta puesta se parece un poco más al hombre que le sonríe, escueto, desde la enorme fotografía que adorna la habitación, aunque todavía no recuerda mucho.
La tonada sigue machacándole la mente, se golpea la cabeza tratando de activar a las neuronas dormidas que se resisten a trabajar. Se siente confortablemente atontado. Cierra “los ojos” y una imagen le llega en un instante.
Él. Caminando por los pasillos del antiguo edificio. El cuerpo de seguridad que lo protege guiándolo hasta un improvisado refugio. La guerra ha estallado. Brasil lo ha traicionado retirándose de lo que podría haber sido el plan perfecto, y se reafirma como potencia con ayuda de infantería y maquinaria pesada patrocinada por algún país comunista, con seguridad China. Argentina contraataca y queda muy mal parada a pesar del “Ejército del Agua”. Al momento en que deciden la evacuación del presidente, la enfermedad se ha colado entre los civiles, quienes sedientos y con hambre rondan los puestos de la armada tratando de conseguir recursos para subsistir y defenderse.
La imagen, lejos de esclarecerle la memoria, lo deja más confundido. Desolado se deja caer en el piso, esforzándose por averiguar. Se lleva las manos a la cabeza tirando de los cabellos rojos, que se quedan en mechones abundantes entre sus dedos.

lunes, 16 de enero de 2012

Lentos (Desearía que estuvieras aquí)



1

Rayos de luces multicolores surcaban la pista, mientras que desde los parlantes del boliche, Miguel Mateos le cantaba a todas las mujeres presentes que “eran su obsesión”.
Esa era la señal: así lo había acordado con Mariano, el disk jockey, compinche desde la época del jardín de infantes. Primero, “Obsesión”, punto de inflexión entre la danza frenética y los tan ansiados lentos; luego “Sumar tiempo no es sumar amor” de Los Enanitos Verdes, para ir bajando el ritmo y, por fin, la balada preferida de ella, “Para Pau” de GIT. Tal era el plan que habían urdido aquella tarde de sábado, entre mate y mate, Darío y su mejor amigo. La conquista definitiva de Isabel ya no le parecía una quimera imposible, pero necesitaba ayuda; el espionaje había dado resultado, los gustos musicales de la más linda de la división ya no eran un secreto para ese par de pibes.
Tan sólo dime que me amas / y dejaré de aullarle a la luna… La divisó desde el balcón de la cabina de Mariano, mezclada entre su grupo de amigas: sus carnosos labios se humedecían con gotitas de cerveza mientras reía y reía. Bajó presto, raudo, esquivando con codazos imprudentes a todo aquel que le impedía llegar a su objetivo. Sudaba, su paladar estaba seco por los nervios, y de su mano derecha pendía un cigarrillo que se asemejaba, en ese momento, más al único salvavidas del Titanic que a un tubito de papel lleno de tabaco y nicotina.
Se acercó por detrás, admirando como su largo cabello rubio llegaba hasta el límite mismo del nacimiento de la manzana prohibida más deseada por los jóvenes de su ciudad. Suavemente la tomó de un brazo, y cuando ella giró su rostro y sus ojos verdes destellaron en la oscuridad, llegó el momento de la pregunta del millón.
—¿Bailás?