martes, 28 de febrero de 2012

Mamá





Francisco odiaba los cementerios. En realidad aborrecía todo el entorno, toda la cuestión alrededor. La muerte de un ser querido, de un amigo, del familiar de algún compañero de trabajo, llantos desgarradores, y la voz monótona del empleado municipal a cargo del lugar diciendo “Nuestro más sentido pésame a familiares y amigos” antes de dejar el cajón en el nicho o en la sepultura preparados a tal propósito.
Por eso solo ante algún fallecimiento visitaba la necrópolis de su ciudad. Y aprovechaba el viaje: luego de los saludos de rigor y antes de retirarse del cementerio, se separaba del séquito que acompañaba al difunto y comenzaba la recorrida por las tumbas y los nichos de sus familiares.
Caminaba las callecitas internas del lugar, enmarcadas por frondosos eucaliptos, con las manos entrelazadas en su espalda y la cabeza gacha. En cada parada, la señal de la Cruz, un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria, otra vez la señal de la Cruz, y un beso en la lápida fría.
Ese día había fallecido la madre de Jorge, uno de sus compañeros de trabajo. El sepelio estaba programado para las 17:30 y, ni un minuto más, ni un minuto menos, el coche fúnebre estacionó en la puerta del cementerio seguido por una comitiva interminable de autos. Los empleados de la funeraria, dos hombres vestidos con traje negro y guantes blancos, ayudaron a los familiares a trasladar el féretro hasta la capilla ardiente que estaba junto a las rejas de entrada al camposanto.
Esperó respetuosamente su turno, y cuando llegó el momento le dio un fuerte abrazo a Jorge. No fueron necesarias las palabras: veintinueve años trabajando juntos hacían que una simple mirada, en ese instante triste, suplantara todo.
Abandonó la capilla y el grupo de gente y se adentró por la calle principal. La recorrida debía ser rápida: solo tenía treinta minutos de luz invernal ya que el lugar cerraba sus puertas a las 18:00.
Como siempre, la primera parada fue en el nicho de Esther, su esposa fallecida hacía casi cinco años. Sus restos descansaban en el ala sur, el punto más alejado de la entrada al cementerio.
Rezó, sonrió en el recuerdo de su rostro angelical, miró al cielo y le dijo al anochecer “Te quiero mucho”.
Entonces escuchó el llanto.

lunes, 13 de febrero de 2012

Xrsmznuz



Para Germán


Noche cerrada, sin luna. Un silencio absoluto reinaba en toda la casa. Todos dormían. Papá, Mamá y Matías, el hermano mayor. Sebastián no. Aferrado a su noni salvador (una vieja sabanita de cuando era bebé) y en posición fetal, apenas si se animaba a sacar la cabeza de debajo de las sábanas.
No debería haberle pedido permiso a sus padres para ver El Pulpo Negro por tele. La imagen de la cara putrefacta y corroída del cadáver de Héctor De Roda, el malvado personaje interpretado por Narciso Ibáñez Menta, apareciendo sorpresivamente reflejada en la ventana de la cocina de su próxima víctima, no lo dejaba pegar un ojo. Tapaba su rostro con el noni evitando mirar por el ventanal que daba al patio de su casa. No fuera a ser que apareciera el asesino de la barba candado.
Ruidos silenciosos en la habitación. Y la curiosidad pudo más.
Deslizó la sabanita protectora unos centímetros y lo vio. Un vislumbre humanoide, alto, que casi tocaba el techo de la pieza, al pie de su cama. ¿Por qué Matías seguía durmiendo? La luz habló directamente en su mente, sin abrir la boca.
—Sebastián.
Su voz sonaba profunda, pastosa, con un dejo de familiaridad en su tonalidad.
—¿Abuelo? —contestó (pensó) el niño. Telepatía.
—No.
—¿Sos un fantasma? ¿Un ángel? Tengo miedo —contestó Sebastián. Temblaba. Tenía ganas de hacer pis. El abuelo Federico había fallecido hacía casi dos años; todavía recordaba su sonrisa bondadosa. La voz de la luz era igual a la del anciano.