lunes, 23 de julio de 2012

De: Bill / Para: Evelia




Un lugar en el mundo, 18 de marzo de 2012

Evelia:

El cemento intransigente me devuelve hastío, mal humor y cansancio ante cada intento por derrotar el día a día. Gusanos motorizados contaminan el aire aturdiendo la paz y la tranquilidad.
Todo se vuelve gris, monotonía absurda de una ciudad sin almas que pugna por romper nuestra coraza de metal protectora ante el incierto porvenir.
Sepultados en negras criptas laborales consumimos nuestro tiempo sin ton ni son, solo alcanzando metas temporarias que no nos servirán para nada cuando llegue el Día del Juicio Final.
En la frontera del infierno de hierro y acero estás tú, imagen inalcanzable en la lejanía, única posibilidad de salvarme (de salvarnos) del naufragio seguro.
Llegar a ti no es sencillo: caminos repletos de espinas invisibles rasgan con crudeza la piel curtida del espartano mejor preparado para la guerra.
La indiferencia en tus ojos se asemeja a puñaladas de frío filo atravesando el firmamento. Te diluyes en mis sueños y solo me queda el silencio sonoro de esta urbe aplastante.
Quizás no sea el momento.
Quizás las agujas del reloj aún no marquen la hora exacta.
Quizás el invierno haya llegado para quedarse toda la eternidad instalado con comodidad, custodiando severo cualquier atisbo primaveral que llene de aromas exquisitos el espacio que nos separa.
No lo sé.

lunes, 9 de julio de 2012

Un millón





1
     Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Trece. Ochenta y tres. Cien- to cuarenta y cinco. Mil uno. ¡¡No, no, no, no!! Creo..., creo que olvidé alguna cifra. Dios, es imposible poder llegar al millón. ¿Cómo era? Eh... Uno. Dos. Tres...
2
     Nací en el año 1805, un 15 de mayo, hace exactamente noventa y cuatro años. Mis padres pertenecían a la alta alcurnia del Virreinato del Río de la Plata, por lo que podría inferirse que debería haber tenido una infancia feliz, entre algodones, una juventud lujuriosa, un pasar económico aliviado, y hoy una vejez en paz; pero no fue así. Solo el Ángel Maldito sabe cómo logré sobrevivir en mis primeros años de vida ya que mi padre, apoyado por la mano sanguinaria de mi madre, me abandonó a los dos días de nacer junto a una piara de cerdos hambrientos, esperando que estos tuvieran un sustento distinto al habitual; mas hasta los puercos huyeron espantados. Mi rostro hubiera sido la envidia de cualquier querubín o serafín, de no haber sido por la presencia de un apósito tan increíble como demoníaco: un tercer ojo, semejando su iris el color amarillento del trigo, y rodeado de un peculiar globo ocular negro como una noche cerrada y profunda a la vez.
     Los galenos de aquellos años no pudieron encontrar otra explica- ción al fenómeno más allá de la teológica: evidentemente, yo era un engendro del Averno. Y la solución no podía ser otra que mi deceso urgente. Pero sobreviví, y eso es una historia que escapa a esta oscura reseña de los hechos que me llevaron al lugar donde hoy resido.
     Las penurias que se sufren durante la niñez son las que a uno lo marcan para toda la vida; nuestros semejantes de corta edad pueden ser tan crueles como un gato hambriento frente a un indefenso ratoncillo que no puede escapar de sus feroces garras. Puedo recordar a Mariano, un niño de mi misma edad cuyas bufonadas constantes hacían que las Invasiones Inglesas parecieran un paseo dominical; o a Marcelo, siempre instigador de fabulosas palizas contra mi pequeño cuerpo. Y todo por aquel adorno que acarreaba como una señal de lo impredecible que puede ser el destino.
    La anarquía que vivió nuestro país durante los años 20 me en- contró viviendo entre vagabundos a la vera del gran río, comiendo las sobras que, como perros sarnosos, encontrábamos con un grupo de mendigos en las afueras de los saladeros. Viví durante muchísimo tiempo de la caridad ajena de gente extraña: integrantes de la alta sociedad que evitaban ser vistos dándonos las sobras de sus canes, comerciantes que escapaban a las reglas del Cabildo y del Clero Inquisidor y que nos daban uno o dos mendrugos de pan, negras esclavas que robaban a sus señoras un pedazo de queso y algo más.