lunes, 17 de septiembre de 2012

A este sí que le fue bien, le llovió como Dios manda: cosecha récord tuvo

(fotografía por Gustavo Estevez - imagen que se encuentra en http://www.flickr.com/photos/gestevez/5772845831/in/set-72157622771990900/)


El saludo fraterno era una constante que se repetía entre la gente que iba llegando al salón.
Afuera abundaban las VW Amarok, las Chevrolet S-10 y las Toyota Hilux. Adentro, la unanimidad en la vestimenta se hacía notar: gorras de vasco, bombachas de grafa y alpargatas para ellos, ropa cómoda para acompañar a sus maridos en el trabajo en el campo para ellas.
En pequeños grupos compartían vivencias de la cruda vida en la zona rural de la llanura bonaerense.
—A este sí que le fue bien, le llovió como Dios manda: cosecha récord tuvo —comentó alguien.
—Sí —apuntó otro—, me dijeron que la soja le rindió cuarenta y cinco quintales por hectárea. Una barbaridad.
—No lo afectó la sequía.
—Para nada. Tuvo una suerte de la gran siete.
El aludido no respondió. Inmóvil permaneció en su ataúd, cubierto su cuerpo por una mortaja blanca a la usanza del lugar.


Juanito
Junio de 2012

(redactado en ocasión del Ejercicio Nº 9,5 del Taller Comunitario de Literatura de El Edén de los Novelistas Brutos)

sábado, 1 de septiembre de 2012

Los tres mellizos




Para Mariana y Analía.
Con mamás como ellas, la vida es
mucho más sencilla de ser transcurrida.


Junio de 2012

1

Escucho el berreo de los mellis y miro la radio reloj. El fulgor carmesí que despide, inundando nuestra habitación, me señala la hora: 04:43.
Acuno el moisés mientras medito, con real intensidad, que quizás Dante y Fidel hayan nacido con un reloj despertador ubicado en algún lugar entre sus estómagos y sus corazones. Tres horas clavaditas desde la última vez que les di el pecho. No puedo evitar sonreír.
Julián enciende el velador de su mesa de luz, se levanta de la cama y caminando como un zombi que no termina de convencerse de su nuevo estado vital —a mitad de camino entre nuestra Tierra y el Más Allá—, rodea el somier hasta llegar a la pequeña cuna con rueditas y alza a Fidel. Lo acurruca contra su pecho y se funden ambos, uno con tres meses de edad y el otro con treinta y un años sobre sus hombros, en un cálido abrazo fraternal que calma los sollozos.
Mirarlos me reconforta y me da nuevos bríos.
Dante reclama su sustento periódico con grititos que podrían emular a los de Sharapova, e incorporándome sin salir de las sábanas, lo alzo en brazos. Siente que lo levanto y eso lo exaspera aún más. Como puedo acomodo la almohada contra el respaldo de la cama y, ya lista, cargo el peso del pequeño protestón sobre mi brazo izquierdo —sus piernitas sobre mi regazo— y deslizo mi camisón. Dirijo mi pecho izquierdo hacia sus labios diminutos y estos, al sentir el calor y el olor que son el oasis de su corta existencia, encuentran el pezón más rápido que el Correcaminos escapando del Coyote.
—A ver, mi ternerito —le digo a sus ojos negros, abiertos de par en par y fijos en los míos, y acaricio con suavidad los cabellos (pelusitas, en realidad) azabaches que cubren su cabeza. Me parece distinguir su sonrisa en la penumbra de la habitación, pero no estoy segura.
Julián se mete de nuevo en la cama, levanta sus rodillas y forma un respaldo artificial en forma de “V” invertida donde el melli Fidel se recuesta. Con una de sus manos abraza mi cintura y con la otra juega a la sortija imaginaria de calesitas de fantasía con su hijo, quien, en un último y desesperado intento, logra asirse al dedo pulgar de la mano derecha de su padre para derrotarlo.
—Te amo, bonita. —Me besa en los labios de la manera más dulce que una mujer pueda imaginar, mientras el melli Dante lo vigila, celoso. Pero el sueño vence los párpados de nuestro hijo y se duerme, satisfecho su hambre de leche y mimos.
Julián me pasa entonces a Fidel y la rutina placentera incorpora nuevos matices: mi hombre se carga contra su pecho en posición vertical al niño dormido, y luego de unos suaves golpecitos en su espalda, logra que este emita el provechito de rigor.
Y Fidel, como su hermano, se prende feliz y gozoso al pezón de mi otro pecho, sin llantos a la vista.
Dante ya descansa en el moisés (doble, diseñado en especial para mellizos) y mi amor ha retomado la senda de sus ronquidos habituales, profundamente dormido.
Nuestro bebé termina de alimentarse en un sopor somnoliento que solo es interrumpido por el clásico provechito. Lo dejo durmiendo en su cuna junto a su hermano, y me levanto para ir a bañarme. La radio reloj marca las 05:31 y mi trabajo como enfermera de Pediatría del Hospital de Rauch comienza a las seis. Tengo tiempo.
La ducha caliente me provoca el suave relax de siempre cuando siento sus gotas deslizarse por mi piel.
A lo lejos se escucha el ulular de una sirena...