sábado, 27 de octubre de 2012

Call center




Salió de su oficina y al pasar por detrás del box de Andrés, con dedos suaves rozó la nuca del joven. Esa era la señal.
El veinteañero siguió con la mirada el suculento bambolear de caderas que se alejaba por el pasillo hasta perderse por un recodo, admirando aquella falda que, apenas por encima de sus rodillas, se ceñía al cuerpo de la mujer dejando entrever la presencia de la ropa interior más pequeña que en su vida podría conocer.
Joven, ¿me está escuchando? Me tiene que solucionar este problema: no me anda la interné’. —La impaciente voz de la anciana al otro lado de la línea del call center lo enervó.
—Señora, no puedo hacer nada —contestó por el micrófono de su computadora—. Pruebe con desconectar el router y volver a conectarlo.
Pero…
—Gracias, señora, y no olvide responder la encuesta de satisfacción del cliente al finalizar esta llamada. Que tenga buenos días. —Y colgó.
Salió de su box de trabajo y fue donde sabía que ella lo esperaba.
****
—Tardaste —dijo la mujer. A pesar de haber superado la línea de los cuarenta años, tenía una figura que más de una de veinte le envidiaría.
—Una vieja de mierda —dijo Andrés, mientras trababa con el cerrojo de metal la puerta de uno de los privados del baño de damas. Sus manos rodearon aquella cintura infernal, y las palabras se fugaron del ambiente al sentirse ambos cuerpos pegados entre sí contra una de las paredes del estrecho lugar.
Ascendió por debajo de la blusa desprendiendo sus botones y rozando la cálida piel, en busca de los senos que se adivinaban firmes bajo el sostén calado que los cubría. Los encontró, los abandonó, mojó con su saliva los dedos pulgar e índice de sus manos y los volvió a encontrar. Acarició con delicadeza húmeda ambos pezones duros, oscuros, mientras ella hurgaba en sus pantalones bajando la cremallera y moviendo su mano izquierda con suaves meneos ascendentes y descendentes, apretando en forma de “O” su fuente de placer. Las lenguas se unieron en un beso dulzón y los paladares supieron de la presencia ajena de viejas conocidas.
Ella se acuclilló y acometió contra el miembro de Andrés, cubriéndolo con sus labios por completo, succionando, mordiendo, mojándolo todo como sabía que a él le gustaba (así había sido desde la primera vez). Andrés se dejó llevar, apoyados su frente y sus brazos contra la pared, hasta que no pudo más y se sintió venir.
—Pará…

lunes, 15 de octubre de 2012

Rutas patagónicas




—¿Otro mate? —preguntó Cecilia.
—No, gracias, amor —contestó Marcos, las manos sobre el volante y la vista fija en la ruta que se unía al horizonte patagónico.
(…Despertador de mierda, una hora tarde…)
Pero no pudo evitar admirar las piernas de su mujer cuando la falda se deslizó al acomodar Cecilia el bolso matero. Acarició la tersa piel.
(…no me han echado de pedo…)
—Cómo estás —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de Marcos.
Él sonrió, tomó la mano de su pareja y la llevó a su entrepierna. Volvió a posar los dedos en aquellos muslos cálidos.
(…Putas refinerías explotadoras de empleados…)
Cecilia notó la dureza y bajó la cremallera. Oscilantes movimientos veloces cobraron vida.
—Peligrosa… —susurró. Las piernas de su mujer se separaron, expectantes; su mano encontró el triángulo prohibido, y deslizando la ropa interior el dedo medio nadó en el paraíso.
(…Y un día de viaje hasta Capital…)
—Peligroso vos… —Cecilia cambió entonces la presión de sus dedos por la de los labios. Marcos entrecerró los ojos, pero los abrió enseguida: el velocímetro marcaba ciento treinta kilómetros por hora. Divisó un punto blanco sobre la ruta. Lejos.
(…con este trasto a paso de tortuga…)
Ella succionó, lamió, mordió… Él encontró el clítoris y todo se humedeció. Volvió a cerrar los ojos, el punto blanco aún distante.
(…¿Y aquel boludo?…)
Ella sintió cómo el orgasmo inundaba sus venas, y Marcos cómo la simiente bullía en su interior pugnando explotar. Se dejaron llevar.
(…¡Tu carril! ¡¡Boludo!! ¡¡¡BOLUDOOO!!!…)
Abrió los ojos en el momento cúlmine y lo vio todo. Las piernas de su mujer, el velocímetro y el camión cisterna blanco de YPF frente a él.



La soledad de la patagonia argentina pinta su paisaje agreste de color amarronado.
Y un hongo de fuego elevándose voraz destroza la postal inmaculada.


Juanito
Junio de 2012

(redactado en ocasión de la convocatoria de Historias En La Azotea)

lunes, 1 de octubre de 2012

Gélida brisa




Una gélida brisa bordeó mi cuerpo.
Giré la cabeza y la vi: vestida de negro, su cabello azabache enmarcaba un rostro pálido.
Asía una guadaña de metal tan grande como ella.


Juanito
Agosto de 2012