lunes, 19 de noviembre de 2012

No hay que afligirse de las cosas que tienen revancha




Marzo de 2012

Como todos los lunes, María Rosa llegó a su lugar de trabajo cinco minutos antes de las seis de la mañana. La limpieza diaria de todo el estudio contable necesitaba de sus dos horas de labor completa, y la orden era finalizarla diez minutos antes de las 08:00.
Dos cosas la sorprendieron al abrir la puerta del lugar: la misma estaba sin llave, y la luz del vestíbulo encendida. A esa hora nunca había nadie trabajando.
Caminó por el pasillo que comunicaba las distintas oficinas del estudio y se dirigió al depósito de los artículos de limpieza, junto a la cocina del lugar. Pero no llegó hasta allí.
A mitad del pasillo, la luz que salía de la oficina del contador Guido Carrasco —el dueño del estudio contable— alertó todos sus sentidos. Percibió cómo una especie de electricidad atravesaba su cuerpo, previniéndola contra todo y contra todos.
Dio dos pasos más y miró al interior de la oficina. Estuvo a punto de vomitar.
*****
Los móviles policiales estaban estacionados a la entrada del estudio contable. También las camionetas de la Policía Científica de la Jefatura Departamental Azul.
La ciudad de Tapalqué estaba revolucionada: los asesinatos cometidos con alevosía no eran cosa de todos los días en la pequeña localidad del interior bonaerense.
El capitán de la Policía Comunal Reinaldo Massera observaba, distante, cómo los peritos trabajaban en la oficina del contador Carrasco. No era muy brillante, y solo había llegado a ocupar el cargo de capitán sin poder seguir ascendiendo en el escalafón. Por eso intentaba copiar todos los movimientos de los efectivos de la Policía Científica.
La empleada de limpieza del estudio había llamado a la comisaría temprano, y el miedo de su voz logró despabilarlo. Se despertó del todo en el estudio contable, cuando observó la escena del crimen e impartió las órdenes del protocolo policial para casos así.
Guido Carrasco, de cuarenta años de edad (su cadáver, en realidad), estaba tras su escritorio, los brazos hacia atrás del sillón donde estaba aún sentado, y atadas sus manos con alambre de púas. El cuerpo sin vida estaba sujeto al sillón con una soga que daba varias vueltas al mismo y terminaba con triple nudo al frente, sobre el pecho del occiso.
Lo más duro de observar era el rostro de la víctima. Ambos ojos —abiertos en la muerte oscura— y la nariz presentaban gruesos hematomas con signos de violencia imprimida con golpes de puño. La boca de Carrasco estaba sellada con cinta de embalar.
El capitán Massera vio cómo los peritos cortaban con una tijera especial aquella cinta, y extraían con pinzas algo de la boca del cadáver. «Un trozo de tela», pensó. Uno de los oficiales lo depositó en una bolsa transparente y Massera observó con más detenimiento el trapo. «No es un trozo de tela: es una tanga de algodón». El estupor lo invadió.
La macabra escena se coronaba con una cánula de metal incrustada en la garganta del contador. «Un bolígrafo. Parker, sin dudas». Esta vez el capitán no falló en su pálpito.
La oficina del contador no presentaba desorden alguno. Pero dos cosas sobre el escritorio llamaban la atención. Por un lado, el portarretrato con la foto de Carrasco abrazado a sus dos hijos, toda pintarrajeada con rayas negras transversales hechas con un fibrón de trazo grueso. Y por el otro, quince o veinte fajos con billetes de cien pesos, cada uno de unos diez centímetros de altura y prolijamente ordenados uno junto al otro.
El celular del capitán sonó estridente y Massera, sonrojado, salió del estudio contable.
—Jefe —dijo una voz—, tengo a todos los periodistas acá y no los puedo frenar más.
—La puta que los parió. Bueno, deciles que ya voy. —Cortó sin esperar la respuesta.
Subió al móvil policial y fue hasta la comisaría refunfuñando.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Roberto "Diente Flojo" Minoli


Para el Tío Roberto: cuando
sea grande quiero ser como vos.

Eximios Intérpretes del Balompié
Por Juan Baldomero Talarga

Hoy: Roberto “Diente Flojo” Minoli

El año 1947 estaba llegando a su fin, y nadie podía prever que ese gurrumín nacido en un pequeño pueblito de la provincia de Buenos Aires hacía pocas horas y que lloraba desconsolado en los brazos de su primeriza y joven madre, se transformaría con los años en aquel temible goleador del glorioso Racing Club de Avellaneda.
Nacía una leyenda: Roberto “Diente Flojo” Minoli.
Ya desde pequeño, Minoli dejó entrever su amor por la redonda: con solo quince años, y en los entretiempos de aquellas soberanas batallas que eran los partidos del campeonato de Fútbol Agrario —donde se destacaba como goleador representando a Juventud Agraria de Pardo—, ¡le entraba a las redondas de muzzarella! con una glotonería poca veces vista.

Minoli, con quince años, formando parte de Juventud Agraria de Pardo

Sin embargo, su desembarco en La Academia se produjo recién a los dieciocho años, cuando dejó el nido materno para viajar a Buenos Aires a comenzar sus estudios universitarios de Odontología.
Finalizaba el año 1965, y en la mente de Juan José Pizzutti ya se estaba delineando el equipo que afrontaría el campeonato de 1966. Y si algo le faltaba, era un goleador de los de antes, alguien que tuviera el arco entre ceja y ceja y que supiera acompañar con audacia a gente como Raffo, Cárdenas, Maschio, entre otras grandes figuras.