lunes, 1 de abril de 2013

Fuera del horario de visita


Basado en “Arqueología”,
de Héctor Priámida Troyano:

”El guarda dormitaba en el pasillo ante la sala de
Egipto. No escuchó a sus espaldas las pisadas
del monstruo, amortiguadas por los vendajes.




Le había costado dos largos años de noviazgo convencerla y, finalmente, se encontraba con ella en ese lugar prohibido.
Con los ojos cerrados se extasiaba admirando cómo las manos calientes apretaban con suaves movimientos al ritmo de sus labios feroces. Y todo multiplicado por el alcohol que ambos llevaban encima, y por el sabor exquisito de lo clandestino.
La fellatio aumentaba su velocidad y eso impedía que la cerveza en su sangre le provocara el efecto habitual cuando tomaba de más: dormirse como un lirón.
«Es una… una… experta», pensó en medio de los jadeos. Wafaa, su novia, se había negado siempre a brindarle placer de esa forma, argumentando inexperiencia. Que no tenía. Y eso lo excitaba aún más y lo ayudaba a mantenerse despierto a pesar de la borrachera.
Ahmed trabajaba como guarda nocturno en el Museo Egipcio de El Cairo y conocía muy bien todo el lugar. La planta baja con sus papiros, monedas, estatuas y sarcófagos, y el piso superior con lo mejor: allí arriba, con todo a su disposición, en cada noche solitaria se sentía el dueño del tesoro de Tutankamón.
Esa tarde habían quedado con Wafaa en que ella llevaría las bebidas cerca de la medianoche, para pasar juntos un buen rato; eso, a pesar de la restricción de que personas ajenas al museo ingresaran fuera del horario de visita, y de que la violación a esa norma pudiera costarle el puesto al joven.
Las caricias prohibidas repletas de alcohol habían empezado al borde de las escaleras, y las lenguas y los labios sedientos de piel perdieron todo control mientras subían hacia su lugar favorito.
Pero el sueño amenazaba con romper el encantamiento. La cerveza estaba haciendo estragos en el mejor momento… «y Wafaa también…», sonrió, a pesar de que los párpados le pesaban una tonelada.
Percibió cómo las manos de su novia, frenéticas, abandonaban el miembro —su garganta voraz, no— para deslizarse sobre su pecho. Las sentía pesadas, rugosas —«¿rugosas?»—, duras… insensibles.
Y en el aire flotaba un pestilente olor a cadáver.
Abrió grande los ojos y lo vio. El monstruo lo miraba desde sus cuencas negras vacías de vida, y los brazos leprosos cubiertos por vendajes pútridos presionaban con fuerza su torso. Wafaa seguía con su faena, más allá, ajena a todo.
La presión de aquellos dedos inhumanos sobre su nuez de Adán duró solo cinco segundos.
Los últimos de su vida.


Juanito
Noviembre de 2012