lunes, 27 de mayo de 2013

Hija única



Homenaje a Enrique Medina.

Alicia camina por Villa Crespo rumbo a su hogar. Carga en sus manos las bolsas con las compras que hizo en el supermercado chino que queda a la vuelta de su departamento. Maldice en silencio al calor que atosiga Buenos Aires. Y a la cajera de los chinos que la atendió para la mierda. Y a la mujer que tenía adelante en la cola de la caja, que parecía que había comprado medio supermercado. El tiempo que le hizo perder… y con ese bebé que llevaba en el carrito que no paraba de llorar. Seguro que la muy turra lo había tenido de soltera: demasiado escote para ir al supermercado. Y la falda, recortita. Capaz que hasta le niega la teta, la pendeja esa. Pero su Celeste va a ser una mamá distinta, bien enseñada que la tiene desde chiquita. Y mejor que haya sido hija única. El José quería más chicos, pero ella ni loca. Quedó embarazada de su hija a los treinta años, y de los casi veinte kilos que engordó durante esos nueve meses infernales solo pudo bajar tres. Con Celeste más que suficiente, demasiado pesada había quedado como para seguir agregando kilos con más embarazos de mierda. Además, mirá si después de Celeste venían varones y le pasaba lo mismo que a ella con sus dos hermanos, el Bernardo y el Marcelo. Los dos hijos de puta, cuando adolescentes, aprovechaban cada minuto del día para intentar manosearla. Por eso cuando se casó con el José agradeció a Dios salir de esa casa inmunda que era la de sus padres, con esos dos babosos de mierda. A los que nunca volvió a ver, por suerte. El José también le metía mano en cada uno de sus descuidos (todos los hombres son iguales, una manga de hijos de puta: en la cocina, en el baño, en el comedor, donde fuera que ella estuviera, ahí estaba el José apretándole las tetas y apoyándole el aparato sobre su trasero celulítico y fofo). Aunque ella lo rechazara, un poco porque vivía casi siempre en pedo, pero sobre todo por su aliento podrido de fumador empedernido. Demasiados cigarrillos, demasiado alcohol. La parca se lo terminó llevando consigo un día antes de cumplir los cincuenta: cáncer de pulmón. Y hoy ya nadie le mete mano. Pero Alicia no extraña eso para nada. Lo único que añora de José es que siempre la llevaba en el auto a hacer las compras, y ella solo caminaba unos pocos pasos desde el auto al super, y desde el super al auto. No como ahora, que está sudando la gota gorda. No sonríe (casi nunca lo hace), y putea para sus adentros a Dios y a María Santísima. Metida en sus pensamientos, esquiva un sorete de perro en la vereda y no lo pisa de casualidad. Aunque su hedor lo invade todo y le recuerda (cómo no) a José. Tenía la maldita costumbre de cagar con la puerta del baño abierta el hijo de puta, perfumando (y no con olor a jazmines) toda la casa. En cambio el Ulises, el novio de la nena, es un pendejo distinto. No es puto: bien que lo ha sorprendido acariciándole la gamba a su hija por debajo de la pollera cada vez que se ha quedado a almorzar o a cenar en su departamento. Y eso que le tiene prohibido a la Celeste que use faldas por encima de la rodilla. Solo basta una miradita llena de odio de las suyas para que el pretendiente retire las manos de encima de su hija y vuelva a colocarlas donde corresponde: sobre la mesa, agarrando los cubiertos. Además, Celeste bien lo sabe (se lo repite todos los días desde que menstruó la primera vez, hace como siete años), la virginidad es la principal virtud de las mujeres de bien. Y ella le ha prometido que cumplirá con el mandato materno, llegando virgen al matrimonio. De ahí se origina el color blanco del vestido de novia. Por lo demás, la pone muy contenta que su hija haya encontrado un joven como Ulises para tener a su lado para siempre. El pibe trabaja en una agencia de remises y a la noche estudia en la nocturna para terminar el secundario. No tiene padre ni madre, ya que quedó huérfano de chiquito. Una infancia brava (según le ha contado), viviendo hasta los dieciocho en un reformatorio para luego empezar a laburar, al toque, una vez que le dieron salida de ese lugar. Seguramente no la pasó bien allí (“la tumba”, lo llama él). Pero, bueno, eso es historia pasada. Dobla la esquina, enfila hacia su departamento, que queda a mitad de cuadra, y ve el remís de Ulises estacionado en la puerta del edificio: debe tener franco y la Celeste lo ha invitado a almorzar. Lo que no ve es otro sorete de perro, al que pisa con su pie derecho, apoyando sobre él sus más de ochenta kilos de peso. Mientras putea y reputea para sus adentros a los hijos de puta que sacan a cagar a sus perros a las veredas, se limpia el zapato sucio frotándolo contra el pastito del cantero frente a la puerta de vidrio del edificio donde vive. Recarga todas las bolsas del supermercado en uno de sus brazos y busca la llave de la puerta de entrada en su cartera. Entra al edificio refunfuñando por el peso de lo que ha comprado y enfila hacia el ascensor. Por suerte el mismo está en la planta baja y no tiene que esperar una eternidad a que llegue. Como le pasó hace dos días, cuando algún boludo lo dejó con las puertas abiertas en el piso once. Seguro que fue la parejita que vive en ese piso, en el departamento C. Andarían apurados los dos degeneraditos. Se imagina para qué: hombre con hombre… De solo pensarlo le da escalofríos. Sube al ascensor, deja las bolsas del super en el piso, cierra con fuerza la puerta tijera del mismo y oprime el botón con el número 3. No ve la hora de que la administración del consorcio se ponga las pilas y cambie el ascensor vetusto (que tiene como mil años de antigüedad) por uno más moderno, como los de las películas yanquis. Bien que no le aflojan con las expensas: saladitas son, y los hijos de puta no invierten ni una moneda. Así está el edificio, cayéndose a pedazos. Llega al tercer piso y baja del ascensor. La Celeste seguro que está cocinando algo para los tres. Lo hace desde adolescente, y esa es otra de sus enseñanzas: una mujer debe saber hacer todas las tareas de la casa, y atender bien al marido. En todo sentido. Para que no se vaya afuera a buscar lo que no tiene adentro. Sabe que en eso el José nunca le falló: lo atendía hasta por demás. Le dio todos los gustos. Cierra las puertas del ascensor y enfila hacia su departamento, el J, al fondo del pasillo. Entra a su hogar y cierra rápido la puerta, no vaya a ser que algún chorro se le gane por detrás. Enfila hacia la cocina. Pero no llega hasta ese lugar. Un fuerte olor, metálico y dulzón a la vez, y que inunda todo el lugar, le hace doler la nariz. Viene desde el comedor. Va hacia allí y, cuando deja caer las bolsas, es el ruido de las latas de tomate chocando contra el piso, y de los sachets de leche explotando enteros, lo que rompe el silencio del lugar. Ahoga el grito que le atraviesa las venas, pero no puede detener las lágrimas que empiezan a aflorar como una catarata desde lo más profundo de su ser. Celeste yace sin vida completamente desnuda sobre el piso de parqué del comedor, bañada en un charco de sangre, su cuerpo surcado por profundos cortes en la zona del bajo vientre, las piernas, los pechos, la cara, el cuello… Siente que se le aflojan las piernas, pero no llega a desmayarse: dos fuertes brazos la abrazan por detrás, inmovilizándola. Y un corte preciso, como si de un cirujano se tratara, le rebana el cuello a la altura de la yugular. Cae sobre el cadáver de su hija única y, luego de algunas convulsiones, queda inmóvil para toda la eternidad.
—Ahí tenés, vieja de mierda —dice Ulises. La tranquilidad que lo embarga no tiene nada que ver con el reguero de sangre del lugar—. Siguió al pie de la letra con lo que le enseñaste, la virga de tu hija: no la pude empernar a la muy puta. —Seca la sangre que embadurna la hoja de su navaja en la pollera de Alicia, para luego cerrarla y guardarla en el bolsillo trasero de su pantalón. Y agrega al silencio del lugar—: Tampoco nadie lo va a hacer. —Sonríe espectral—. Tus deseos son órdenes, suegrita. Y cumplimos con ellos a rajatabla.


Juanito
Febrero de 2013
  

(redactado en ocasión de la convocatoria de Historias En La Azotea)

lunes, 13 de mayo de 2013

El sueño de Samuel




La noche oscura, sin luna, se cierne sobre Belén. Afuera llueve sin parar y las gotas repiquetean sobre el techo de la habitación.
En medio del temporal, y desde hace cinco minutos, resuenan golpes a intervalos regulares por toda la casa. «Alguien en la puerta de nuestra morada», deduzco.
Dana duerme profundamente a mi lado. Pero yo no aguanto más y me levanto de la cama. Si el desgraciado que está afuera ha despertado con sus ruidos al pequeño Samuel, va a conocer lo peor de mí.
Voy primero hasta la habitación de nuestro hijo: duerme como un lirón.
Más tranquilo, pero siempre atento, me dirijo hacia la entrada de la casa, no sin antes prender una vela para alumbrarme y tomar un madero de los grandes que abundan en la cocina de nuestro hogar. El mundo está lleno de ladrones y asesinos, y hay que ser precavido. Por más que Yahveh indique en uno de sus mandamientos “No matarás”.
—¡¿Quién anda ahí afuera?! —exclamo a media voz, para no despertar con mis gritos a Dana o Samuel. Los golpes en la puerta cesan y una voz de hombre contesta:
—Por favor, señor, necesitamos un lugar donde descansar. Mi esposa no puede andar más, su estado no la deja y…
—Esto no es una posada ni un mesón, señor, siga su camino y déjenos dormir.
—Por favor, está lloviendo, estamos empapados y mi esposa…
Abro la puerta y el hombre detiene su parloteo. A mi espalda sostengo el madero y con la vela alumbro la noche, distinguiendo al visitante. Es de estatura mediana, de cabellos negros, su cara surcada por una barba del mismo color. Detrás de él, y sobre un burro que lleva unas alforjas, va montada una mujer.
—Yahveh premiará su hospitalidad, señor, no se imagina…
—Yo no le he dado hospedaje. Márchese antes de que no responda de mí —interrumpo y le muestro el madero, azotando con suaves golpes una de mis piernas.