lunes, 29 de julio de 2013

El «Mirko» de Pampa Caliente (parte 1 de 2)



(basado en «Pasión por ella»)

1
Aristóteles Díaz no solo tuvo muy poca suerte al haber sido anotado por sus padres en el Registro Civil de la ciudad de Pampa Caliente con semejante nombre, sino que, además, la naturaleza fue muy rigurosa con él.
A pesar de ser un bebé al que sus órganos vitales le funcionaban con normalidad, el médico pediatra que participó del parto lo percibió tan pero tan feo, que no se animó a mirarlo a la cara. Mechones de pelo negro en crenchas indomables cayendo sobre su rostro, una nariz puntiaguda y en forma de gancho invertido que hacía recordar al apósito de metal del capitán Garfio, y dos orejas separadas del diminuto cráneo como antenas parabólicas de recepción de señal de televisión.
Pero dos características de su aspecto físico superaban a aquellas.
Una era la sonrisa que brillaba en su carita en la misma sala de partos, llamando la atención de todo el cuerpo médico del hospital —ya que los bebés sonríen por primera vez recién a los dos meses de nacidos—.
Y la otra sus piernitas, que tenían una chuequez mayor que la de la Torre de Pisa.
Lo llevaron junto a su mamá, a quien la fealdad de su hijo le importó poco (el bebé, al lado de su padre, era un adonis que podía trabajar tranquilamente como galán de telenovelas). Aristóteles se prendió a la teta con fruición y avidez, sonriendo junto a su madre, ambos con una felicidad inconmensurable.
Pateaba gozoso al aire con sus piernitas chuecas, así como lo había hecho en el vientre materno.

lunes, 15 de julio de 2013

La última bala




El BMW estaba estacionado a más de sesenta metros de distancia, en la vereda de enfrente, y Félix, sentado tras el volante, fumaba un cigarrillo tras otro mirando hacia el edificio de departamentos más alto de toda la manzana.
Entre pitada y pitada tosía y expulsaba mucosidad de diversos colores, atrapando los gargajos en su pañuelo de seda o escupiéndolos por la ventanilla. Su cumpleaños número setenta y cinco había traído consigo el diagnóstico médico de cáncer de pulmón. Con un agravante: de los dos, solo medio pulmón seguía funcionando y eso acortaba su esperanza de vida a menos de un año.
Pero ese no era el mayor de sus males.
Este tenía forma de mujer y respondía al nombre de Silvana.
Exhaló el humo contra el tablero del auto y miró la hora en su reloj de oro. Las cinco de la tarde. Linda hora para irse a jugar unos partiditos de truco al club con sus amigos —«viejos jubilados… bueh, como yo», pensó, y exhibió la primera sonrisa del día, los dientes manchados por el tabaco—, una constante que se repetía de lunes a viernes desde hacía diez años.
«Y linda hora para un polvo…», siguió cavilando. «Hijadeputa, y la puta que la parió».
Entonces los vio. Su esposa —cuarenta años menor que él— salía del edificio abrazada a un hombre. Y Félix confirmó sus sospechas: Esteban, el personal trainer. Se recostó sobre el asiento delantero para que la pareja no lo viera —todo era posible, a pesar de la distancia— y los espió, fumando como siempre e intentando no toser.
Esteban la tomó de la cintura y la atrajo hacia él; ella rodeó con sus brazos el cuello del personal trainer y se unieron en un beso que dejaba traslucir cenizas calientes de la tarde apasionada que recién había finalizado.
Caminaron juntos hasta la esquina y, cuando giraron en ella, Félix puso en marcha el auto. Un par de lágrimas cayeron por sus mejillas, incontenibles, las que secó con su pañuelo de seda previo a ajustarse el cinturón de seguridad.
Llegó hasta la esquina y, cuando dobló, vio a la pareja caminando por la vereda a unos pocos metros de distancia. Le sonreían a la vida y al sol primaveral que, dueño del cielo libre de nubes, los acompañaba como un fiel lazarillo.

lunes, 1 de julio de 2013

Pasión por ella




Sus manos rústicas la tomaron por sorpresa cuando la atrajo hacia él.
La acarició con suavidad, lento, midiendo su tersura con precisión de cirujano. Ella, silenciosa, se dejó llevar. Besos diminutos, húmedos, llenos de pasión y amor.
Entonces la posó en el césped, mojada por el rocío y expectante por lo que vendría.
Dio tres pasos hacia atrás sin despegar la vista de su amada, y corrió a su encuentro.
Pateó el penal con la tranquilidad habitual de siempre, su marca registrada en el mundo del fútbol amateur.


Juanito
Abril de 2013

(redactado en ocasión de la convocatoria de Historias En La Azotea)