lunes, 5 de agosto de 2013

El «Mirko» de Pampa Caliente (parte 2 de 2)


Parte 1 de 2: click aquí.



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El partido final de la liga de fútbol de Pampa Caliente se disputó el domingo más caluroso de noviembre de aquel año.
Once Almas, libre en la última fecha, había quedado relegado en la tabla al tercer y último puesto, a siete unidades del puntero y sin ninguna chance de campeonar.
Estudiantes lideraba el torneo con un solo punto de ventaja sobre Defensores, y un empate en la última fecha en el partido que debían disputar entre sí lo coronaba campeón. A Defensores solo le servía el triunfo.
 Ambos equipos contaban con sus figuras rutilantes, Nicanor Eliseo Otaño Cárdenas como dúctil arquero del primero de ellos —atajador de disparos a los cuatro ángulos, arriba y abajo, donde tejen las arañas—, y Aristóteles «Mirko» Díaz como estrella goleadora del segundo, autor de goles increíbles desde ángulos imposibles y gambeteador por excelencia de cuanto rival se le pusiera por delante.
Los dos con dieciocho años cumplidos, los dos egresados de la escuela secundaria y pendientes del viaje a Bariloche que se venía, y los dos compitiendo por el amor —y algo más…— de la escultural Josefina.
Todo Pampa Caliente se había congregado en el estadio municipal y las tribunas estaban repletas. Las viejas con sus reposeras; los viejos con el banquito y el clásico copetín que seguía al almuerzo; padres, madres, esposas e hijos orgullosos de los hombres de la casa que ese día dejarían todo en la cancha; y la hinchada de ambos equipos, repleta de jóvenes, adolescentes, mujeres, varones, con bombos, platillos, papelitos, cornetas y toda la artillería bullanguera.
Desde que el juez del partido (que también era el Juez de Paz de la ciudad, un obeso abogado de cincuenta y cinco años) pitó el comienzo del juego, las estrategias de ambos equipos vieron la luz. Todo Estudiantes bien paradito atrás, con dos líneas de cinco y ningún delantero, confiando en las manos y en los reflejos del seguro Nicanor, y rezándole a Dios y a todos los santos del Cielo mantener el cero en su arco para alzarse con el título de campeón.
Y Defensores con la regla de oro: dársela a Aristóteles para que este, con su sed insaciable por el arco rival y haciendo magia con sus piernas chuecas y endiabladas, llevara a sus compañeros a la gloria máxima de conseguir el quinto título consecutivo de la liga local. Pero para ello necesitaban ganar: el empate no servía de nada.