lunes, 23 de septiembre de 2013

A la deriva




(basado en la imagen precedente, portada
de la novela «Los siete locos», del escritor
Roberto Arlt, edición Centro Editor de Cultura)


El Cocinero
Ay, qué dolor, por favor, no doy más con estas punzadas, la puta madre…
Yo le dije al capitán, «dejémonos de joder con andar parando en puertos africanos», andá a saber qué alimentos de mierda nos vendieron esos negros del puerto de Durban, en Sudáfrica. El segundo oficial es el único que posee algunos conocimientos médicos; pero, a pesar de los brebajes que nos ha metido encima, no ha podido con todos. Varios han muerto aullándole al cielo, sangrando por el culo y con terribles revoltijos en sus bajos vientres hinchados de putrefacción y dolor.
La debacle no cesa. Muertos y más muertos por doquier. Y unos pocos sobrevivientes que se disputan, frenéticos, la última gota de agua; el alimento bueno se terminó hace rato.
Sé que varios de los que todavía siguen vivos me acusan de ser el responsable de todo. Creen que la culpa es mía porque, como cocinero, debería haberme dado cuenta de lo de la comida en mal estado. Pero no. El responsable —el único responsable— es el capitán. Tremendo pelotudo que nos metió en esta. Sin comida, sin agua, y a la deriva.
¡Ay! La concha de la lora, no doy más. ¡Dios, cómo duele! El orto… Ay… Me toco atrás y me miro los dedos: todos manchados de rojo y marrón. Siento que algo cae de mis labios y llevo la otra mano allí. Más sangre. No doy más… ¡¡Diooos!!
Entonces lo veo claro. La única salida.
Con las últimas fuerzas que me quedan corro a estribor, me subo a las barandas del barco y salto hacia el océano.
El agua fría me recibe con una mansedumbre inusual —no se distinguen olas en la cercanía—, calma mis dolores más intensos y me da paz.
Mucha paz.