lunes, 23 de diciembre de 2013

El bravucón en su laberinto





(basado en la canción «Toxi-taxi», del grupo de

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Un día primaveral de 1995

Los alumnos salieron en estampida de las aulas cuando escucharon el sonido de la campana. Algunos fueron al kiosco de la escuela a comprar golosinas, otros a jugar a la mancha, las niñas a saltar el elástico, y el resto se dispersó por el patio del colegio.
Javier jugaba a las bolitas con Tomás ―ambos cursaban quinto grado― en la esquina más alejada de la Dirección. Sufría una miopía severa y, por ello, cada vez que se acuclillaba para lanzar sus lentes caían sobre el puente de la nariz; su contrincante no bromeaba sobre esta cuestión debido a que era el alumno más obeso de la división y sabía lo que era ser el blanco de las cargadas ―le dolía en lo más profundo de su ser―. Entre los dos se cuidaban y, junto a Federico y Martín, formaban un cuarteto de hierro y disfrutaban cada uno de los recreos de la jornada escolar (vivían en el mismo barrio e, incluso, se juntaban para ir y volver de la escuela en grupo).
El torneo diario estaba por terminar. Martín y Federico, eliminados en la ronda anterior, participaban de la definición de aquel solo como espectadores. El último recreo definía al vencedor, que se llevaba como premio las bolitas de sus competidores.
Javier ya había lanzado y estaba por ganar; la única chance que tenía Tomás de alzarse con el triunfo era meter la última bolita en el opi. Se agachó como pudo, apoyando todo su peso sobre la rodilla derecha y, cerrando un ojo para calcular la trayectoria, se dispuso a tirar. Pero una sombra le tapó el sol. Pensó que era una nube pasajera y se dispuso a seguir jugando cuando una patada en su estómago hizo que cayera hacia su izquierda, dejándolo   sin oxígeno. Era Luis María, el repetidor, un año mayor que sus compañeros de grado (cada vez que los veía alejados de las profesoras, los molestaba golpeándolos y robándoles todo lo que podía).
Gordo, tiro yo —dijo el adolescente hurtando su canica—. Cuando levantes toda esa grasa el recreo ya habrá terminado, ¡ja, ja, ja!
—Pará, Luis, mirá cómo está. No puede ni respirar —dijo Martín—. ¿Por qué no nos dejas tranquilos? Ya te dimos las monedas la semana pasada.
—¿Que los deje tranquilos? Encima de adoptado sos pelotudo, ¿no? Que les quede claro, todos los días hasta las vacaciones me van a tener que pagar. Si no, van a tener soportar las golpizas como le pasa al chancho este.
—Tá’ bien, tá’ bien. Agarrá lo que quieras pero no nos hagas nada —suplicó Javier acomodándose los lentes.
—Dejá de llorar, cuatro ojos. ¡Y no le digan nada a la profe porque va a ser peor!—gruñó Luis María golpeando su puño derecho contra la mano izquierda. Tomó las bolitas de los cuatro amigos riéndose con malevolencia y llevándose, con ello, la poca autoestima que le quedaba a Tomás.
Volvieron a clase sin decir nada a nadie: la represalia podía ser peor.
*****
Pasaron los días y, en cada primer recreo, Javier, Tomás, Federico y Martín le dieron sus monedas al bravucón. Hasta el jueves; ese día Javier no había llevado dinero y aparecieron los problemas.
Antes de que el recreo terminara Luis María pasó a buscar su cuota y, al no obtenerla en forma completa, no hubo forma de pararlo y la paliza que le propinó a Javier le provocó la rotura de un diente; además, le pisó los lentes y le rompió los cristales, quedándoles inservibles. Sus amigos lo tuvieron que llevar como si fuera un ciego hasta el aula. Él dijo que se había caído jugando al «poliladron». Sus padres lo vinieron a buscar y no se habló más del tema.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El karting a pedal y la bicicleta de carrera




Treinta navidades sufrí mirando cómo el gordo seboso surcaba el cielo de mi ciudad dejando caer sus paquetes en las chimeneas de cada hogar; y cómo volaba por encima del mío sin regalarme nada.
Hoy también el muy boludo sonreía, jocoso, con su clásico «¡Jo, jo, jo!».
Y nunca se dio cuenta del balazo que le perforó el cerebro.
Ahora todos los regalos son míos y solo me queda abrirlos para encontrar el karting a pedal que me debe hace tres décadas.
Aunque lamento mucho que el trineo haya impactado contra el techo… Pero, bueno, tengo carne de reno como para alimentarme gratis un par de meses, je. Y algunos días por delante para disimular el suceso y cubrir el agujero en el cielorraso.
Porque es el turno de los otros tres hijos de puta y sus camellos: nunca se acordaron de mí cuando les pedí la bicicleta de carrera.


 Juanito
Diciembre de 2013

(Redactado en ocasión de la convocatoria de El Edén de los Novelistas Brutos)