lunes, 24 de febrero de 2014

Las bubis ajenas




Era el trabajo ideal. Por primera vez en su vida, Diego Hernández Negrete podía conseguir un dinero extra y, a la vez, no descuidar sus estudios universitarios. Maximiliano Hermosillo, encargado de la seguridad privada del centro comercial Plaza Mayor ubicado en León, estado de Guanajuato, México, lo había contratado para formar parte de su equipo de trabajo. Aunque contaba con solo veintiún años de edad, el joven se destacaba en su labor como un experto; tenía un don innato de previsibilidad que le permitía anticiparse a cualquier acto vandálico, potenciado por los conocimientos que, año tras año, adquiría en la Licenciatura en Criminología y Criminalística que cursaba en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Salle Bajío, sita en León.
En el caótico mes de diciembre, miles de personas concurrían a Plaza Mayor desde su apertura por la mañana hasta su cierre un par de horas luego de la medianoche; con cientos de locales comerciales, gran parte de la urbe se reunía allí para adquirir los clásicos regalos navideños.
Diego comenzaba su jornada laboral a las 16:00 horas y, aunque le correspondía trabajar ocho horas diarias, las mismas siempre se extendían debido a la vorágine del lugar. E intuía que el presente día, 24 de diciembre de 2013, iba a ser el más largo de su vida. Porque los locales del centro comercial, ávidos del dinero que los consumidores dejarían en sus cajas registradoras, no cerrarían hasta bien entrada la noche. Y los integrantes del personal de seguridad serían los últimos en retirarse del lugar, cuando los festejos navideños de todo León estuvieran más que avanzados.
Sería la primera vez que no podría estar con su familia cenando en Nochebuena, riendo con las ocurrencias de Pacorro ―siempre jovial a pesar de las canas que asomaban en sus cabellos―, saboreando las exquisiteces que Lucy habría preparado para agasajar a toda la familia, y escuchando buena música de fondo ―rock instrumental, seguro: qué mejor―.
Pero lo que más le dolía en el alma era no poder ver a Sofía. Estar lejos de ella era la peor de las torturas: no poder disfrutar de su risa, sus ojos llenos de vida, el sabor de sus labios, la cercanía de su piel… Su novia le había robado el corazón y lo tenía en un puño: podía hacer lo que quisiera con el músculo motor de su existencia.
―¡Diego! ―La voz retumbó en su handy con estridencia. Hermosillo, su jefe―. Vaya al local de Bershka: dos sospechosos junto al ventanal.
―Sí, señor. ―El joven obedeció sin chistar y caminó presuroso hacia el lugar.
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No había recibido ninguna llamada en todo el día. Ni siquiera un mensaje de texto. Sus padres sabían que no debían molestarlo en horario laboral porque Hermosillo se ponía como loco si lo encontraba hablando por su móvil o escribiendo un sms.
Aunque le extrañaba muchísimo que Sofía no se hubiera comunicado. Siempre lo volvía loco con los mensajes de texto, que él leía y respondía cuando que su jefe no andaba cerca. «Debe ser por lo de hoy a la mañana», pensó, y una sombra atravesó sus ojos.
Habían tenido una discusión, cosa poco común. Nada grave, suponía Diego, aunque muy adentro suyo sabía que Sofía tenía razones para enojarse. Sus celos eran enormes, y solo había bastado que, mientras caminaban por el microcentro de León eligiendo los regalos para Pacorro y Lucy, se cruzaran con dos de sus compañeras de Criminología y las mismas lo saludaran con un efusivo «¡Adiós, Diego!», para él responderles de la misma manera. Un volcán se había desatado en el interior de su novia. «¿De dónde conoces a esas dos?» había preguntado. «De la Facultad», había respondido Diego. «No sabía que tenías compañeras tan bonitas», había dicho ella con un tono de reproche en su voz. «¿Quiénes, Valeria y Ximena?». La respuesta de Sofía lo había dejado helado: «No me las presentaste. ¿Por qué? ¿Tenés algo que esconder? Vi muy bien que no le sacabas la vista de encima a las enormes bubis de esas dos». Un silencio incómodo se había interpuesto entre ellos a partir de allí. Y la despedida de Sofía, en la puerta del hogar de la joven, no había podido ser más dura. Un beso en la mejilla, un seco «Hasta mañana» y un portazo en pleno rostro.
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