lunes, 26 de mayo de 2014

¡Run, Abelardo, run! (parte 3 de 3)


Parte 1 de 3: click aquí.
Parte 2 de 3: click aquí.




6
Abelardo Gorriti nunca regresó a Pampa Caliente. Belisario Ezequiel Pérez Ithurrat no era el único que se la tenía jurada: más de una decena de maridos y novios, engañados por sus parejas en infidelidades donde el joven había sido partícipe necesario, sacaban número para romperle la cara ―y algo más―.
Luego del larguísimo viaje que siguió a la huida de las zarpas violentas de Belisario y compañía, arribó a la terminal de Retiro cansado hasta la médula. Pero feliz.
Durante el viaje habló con Delfina de las Mercedes, y ella le prometió que el último fin de semana de febrero se escaparía a Buenos Aires, como pudiera, para estar junto a él.
Esperar casi un mes resultó una quimera para Abelardo, pero logró resistir a lo insistía el diablito que llevaba sobre su hombro izquierdo: la conquista de veinteañeras que, encandiladas por sus ojos verdes, se le ofrecían por doquier.
Delfina arribó a Retiro en la fecha y horarios acordados (había tenido que mentirle a sus padres, diciéndoles que pasaría el fin de semana en la casa de su amiga Penélope para estudiar con ella la materia que ambas se habían llevado a marzo; y con la complicidad de su amiga del alma en la mentira ―más la promesa de Delfina de que le haría gancho con Belisario, su hermano y amor imposible―, se había subido el viernes al micro de las dos y diez de la tarde rumbo a Buenos Aires. Y todo a pesar de que Belisario casi había convencido a sus progenitores de que su hermana no pensaba estudiar Historia con Penélope, sino Anatomía con alguien más. Ninguno de los dos sospechó nada: confiaban en su hija a rajatabla) y, cuando bajó del ómnibus, el abrazo y el beso que se dieron con Abelardo hizo estremecer los cimientos de la terminal.
Ese fin de semana fue inolvidable para los dos. Y la despedida los dejó con un sabor amargo en la garganta, y con el deseo de volver a unirse a la brevedad en idénticos y explosivos vuelos de placer.
Durante el transcurso del año, Delfina de las Mercedes viajó a Buenos Aires en cinco ocasiones más a visitar a su amado, siempre con la excusa de quedarse a estudiar el fin de semana en casa de Penélope. Y en las cinco oportunidades creyó tocar el cielo con las manos.
A pesar de que las estadísticas le jugaban en contra, Abelardo logró mantenerse célibe desde su vuelta a Buenos Aires en febrero hasta la última vez que sus ojos se posaron en los de Delfina.
La despedida final fue la más dolorosa: el joven se había enamorado. Y sabía, en el fondo más profundo de su corazón, que terminaría metiendo la pata y engañando a la joven: estaba en su naturaleza ―como en la del escorpión de la fábula de Esopo―. Las lágrimas de Delfina cuando él le dijo, de forma inesperada y cuando ella estaba a punto de subir al micro de regreso a Pampa Caliente, que no la amaba y que no la quería ver nunca más, le rompieron el corazón. Habían pasado el fin de semana más caliente e intenso de los seis que habían compartido, y sus palabras tomaron por sorpresa a la joven. Lo puteó, lo escupió y lo golpeó. Y luego le suplicó y le lloró. Pero él se mantuvo en sus trece.
Mejor un corazón roto de joven —y que puede volver a curarse— que uno destruido cuando la vida ya no te ofrece revancha.

jueves, 22 de mayo de 2014

¡Run, Abelardo, run! (parte 2 de 3)


Parte 1 de 3: click aquí.




4
A la una de la tarde del domingo, el día más caluroso de los últimos cincuenta eneros en Pampa Caliente ―la sensación térmica superaba los 50° C―, Abelardo estaba en la puerta de la casona de los Pérez Ithurrat (se había despedido de su madre hacía quince minutos, luego de almorzar). Llevaba colgado de uno de sus hombros el bolso con su ropa y demás pertenencias que llevaba a Buenos Aires en el micro que salía en una hora y diez minutos. No tocó timbre, sino que envió al celular de Defina de las Mercedes un mensajito: «Estoy».
La puerta se abrió enseguida. Ataviada con una microbiquini negra que apenas cubría sus partes íntimas, la joven le sonrió, lo abrazó con fuerza de su cuello y lo besó con intensidad, recorriendo con su lengua sedienta la boca de Abelardo. Él, sorprendido, intentó devolverse el beso; pero ella retiró sus labios y lo miró directo a los ojos.
―Esta me la debías de ayer, malote ―dijo, divertida―. No se le hace eso a una chica, dejarla con los labios ardiendo besándola solo en la puntita de la nariz.
―Bueno ―dijo él, y la atrajo hacia sí. Sus manos rozaron la minúscula tanga que la cubría de la cintura para abajo y Delfina sintió el calor que emanaba del cuerpo del joven (y más precisamente de una porción específica del mismo)―, lo que pasa es que… ―Delfina lo interrumpió con un beso dulce justo en medio de los labios.
―No digas más, a ver si mi hermano nos escucha. ―La joven señaló con un gesto el primer piso―. Vení, acompañame. Arriba están nuestros dormitorios y Beli está durmiendo como un lirón. Y papá y mamá se fueron temprano al campo. Subimos sin hacer ruido, y seguimos por la escalera hasta la azotea, derechito a la pileta.
Delfina tomó de la mano a Abelardo y comenzó a ascender; pero este frenó su subida, impactado por el paisaje femenino que se presentaba ante sus ojos. Ella también se detuvo, y cuando giró su cabeza vio que el joven tenía sus ojos clavados en los noventa finales de sus 90-60-90.
―¿Qué mirás? ―preguntó ella, sonriendo.
―No, meditaba.
―¿Meditabas sobre qué? ¿Sobre mi cola? ¿No te gusta?
―No. ―Ella abrió grande los ojos, sorprendida―. Eh, sí, quiero decir… sí, cómo no me va a gustar, preciosa. Sos perfecta. ―Ella se relajó―. Me quedé pensando en por qué decís azotea y no terraza ―explicó, guiñándole un ojo.
―Mentira, tonto ―dijo Delfina sin dejar de sonreír, y recomenzó la subida―. Vamos. En silencio, eh.
Él le hizo caso y llegaron hasta la puerta de la azotea. Abrazándola por detrás e hincándole los labios en aquel cuello empalagoso todo para él (el bolso seguía colgando del hombro del joven, pero este había perdido toda noción sobre el mismo), Abelardo llegó al lugar prohibido para todos los hombres de Pampa Caliente ―a excepción del padre y el hermano de Delfina de las Mercedes―: la pileta de los Pérez Ithurrat.
Y también a las puertas del mismo infierno.
Porque nunca vio que Belisario Ezequiel, asomando un ojo desde la puerta de su habitación ―con sus pupilas dilatadas más de lo normal y una enigmática sonrisa mefistofélica―, los observaba entrar a la pileta.

lunes, 19 de mayo de 2014

¡Run, Abelardo, run! (parte 1 de 3)




Prólogo
Eran las dos de la tarde del domingo más caluroso de los últimos cincuenta eneros y, desde su sitial preferencial en el cielo completamente límpido y celeste, el sol lanzaba sus rayos tórridos quemando el asfalto de la única avenida de Pampa Caliente.
La sensación térmica era de 51° C a la sombra.
Y Abelardo Gorriti corría por su vida.

1
Todos los diciembres ―y hasta mediados o fines de febrero―, Pampa Caliente se veía asaltada por los estudiantes universitarios que volvían a su pequeño terruño natal luego de pasar nueve o diez meses quemándose las pestañas en las Universidades del Litoral o de Buenos Aires. La algarabía de aquellos chicos y chicas llenaba cada rinconcito de la ciudad, y sus risas eran la música que alegraba cada verano.
El lugar obligado para encontrarse y compartir las calurosas tardes estivales era el balneario de la localidad, ubicado a la vera del arroyo «El Escaso» (llamado así porque su máxima profundidad era de sesenta centímetros), al norte de la misma. Mate va, mate viene, chicas y muchachos cruzaban miradas y palabras que decían mucho más de lo que insinuaban.
Y quien se llevaba consigo todos los suspiros mal contenidos por la platea femenina que cursaba los últimos años de la Escuela Secundaria Básica (y por las universitarias vueltas al pago, más algunas maduritas treintañeras y cuarentonas) era Abelardo Gorriti.
De un metro noventa de altura, pelo negro y ojos verdes, su piel cetrina brillaba sudorosa mientras jugaba al básquet en la canchita del balneario. Sus brazos marcados terminaban en un par de manos enormes que manejaban el balón con una presteza inusitada; y Abelardo sabía que los ojos de las féminas del balneario estaban puestos en él y que, cuando tomaba la pelota, la imaginación de las adolescentes y jóvenes ―y no tanto― volaba en sueños eróticos conjeturando lo que semejantes manos serían capaces de hacer en un encuentro cercano piel contra piel (a pesar de contar con solo veinticinco años de edad, en esto era un verdadero experto: más de veinte mujeres habían pasado por sus brazos en solo diez años, y todas habían alcanzado un cenit de satisfacción sexual nunca logrado ni antes ni después de los escarceos amorosos con Abelardo ―ni siquiera por aquellas que tenían pareja estable cuando se rindieron ante los ojos verdes del joven―).
Estudiaba Ciencias Veterinarias en la UBA y, habiendo terminado de cursar el último año, solo le quedaban seis finales para recibirse de médico veterinario. Y los pensaba rendir todos durante el año que estaba a punto de comenzar.
Para Abelardo Gorriti este sería el último diciembre como estudiante universitario. Y estaba dispuesto a disfrutar al máximo las minivacaciones.
Aunque para esto último le faltaba algo que para él era fundamental: la presencia en el balneario de Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat.