lunes, 30 de junio de 2014

Publicación de «El bravucón en su laberinto» en «Corazón Literario»



En el mes de marzo de 2014, la revista literaria online española «Corazón Literario» publicó, en su N° 16, el relato «El bravucón en su laberinto», que escribiéramos junto a Esteban Di Lorenzo como homenaje a la banda de rock argentina «Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota».
Pueden acceder a la publicación haciendo «click» en el siguiente link:
Como siempre, encontrarán allí más relatos y reseñas para disfrutar; entre ellos, textos de los autores Robe Ferrer y Esteban Di Lorenzo.
¡Saludos!

lunes, 16 de junio de 2014

El velorio de don Cosme Larrapide




―¿Un caramelito de menta?
―Gracias.
―Gracias.
La mujer se retiró del salón rumbo a la cocina, y las dos ancianas no le perdieron pisada hasta que ingresó en ella.
―¿Vio lo mismo que yo, Gertrudis? ―Sentada junto a su lado en el mullido sillón empotrado a la pared, la octogenaria asintió en silencio―. Cómo va a estar vestida así, con esos pantalones ajustados que le marcan toda la cola ―susurró.
―Una vergüenza.
―Y menos en un lugar como este, donde se le debe respeto al finadito de turno. ―El responso tendría lugar en menos de una hora, y la sala velatoria se iba llenando de gente―. Qué diría don Cosme si la viera.
―Se le caería la baba, Paulina. ―Su interlocutora abrió grande los ojos―. No me mire así, por favor. ¿O no se acuerda lo que era Cosme Larrapide de joven? El muy turro no perdía oportunidad de meterle mano a cualquier fulana que pasara a menos de medio metro.
―Tiene razón ―dijo la otra mujer―. Si habré tenido que hacer malabares para escapar de esas manos-largas ―sonrió.
―¿Usted también?
―No me diga que…
―Sí le digo. ―Al notar que la mujer fruncía el ceño, Gertrudis sonrió―. No se ponga mal, Paulina. A ver cuénteme: ¿en qué época le arrastró el ala don Cosme?
―Uy, hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. ―La anciana miró al piso, se tomó la barbilla con la mano derecha y puso el dedo índice sobre sus labios. Luego de un par de segundos continuó―: Debe haber sido en la década del cincuenta. ―Suspiró en el recuerdo―. Cómo bailaba boleros…
―Y tangos y milongas ―acotó Gertrudis―. Yo lo conocí hace como veinte años.
―¿Ah, sí?
―Sí. En ese entonces vivía a cinco cuadras de mi casa. Nos encontramos de casualidad en la carnicería de Finochietto. ―Miró a Paulina y sonrió―. Estaba después que yo para que lo atendieran. Y todavía recuerdo la presión de sus dedos en mi cintura y el susurro en el oído: «Acá tengo un choricito pa’ usté’, belleza». ―Ambas mujeres ahogaron las risitas que amenazaban con transformarse en una catarata de carcajadas violentas―. El sopapo que le di le hizo volar la dentadura postiza.
―Ya estaba medio bichoco, el pobre. ¿Tendría como setenta y cinco años en ese entonces, no?
―Setenta y seis. Y sí, estaba medio hecho pelota; pero cuando ponía en el Winco los discos de Julio Sosa, dejaba el bastón a un lado, y me tomaba en sus brazos para milonguear de lo lindo, parecía otro. De verdad le digo.
―Me imagino.
―Y no solo por su habilidad en el baile ―Gertrudis acercó su boca al oído de Paulina―, sino también porque aquello que en un hombre de su edad ya no funciona, en Cosme… ¡parecía tener vida propia! ―Ambas mujeres se miraron y sonrieron con picardía.
―¡No me diga!
―Qué recuerdos… Pero le sigo contando. Después de lo que pasó en la carnicería, me llamó por teléfono como mil veces. No le di ni cinco de pelota, hasta que…
―¿Otro caramelito?
Ninguna de las dos mujeres había visto acercarse a la empleada de la funeraria.