lunes, 15 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (Parte 5 de 5)


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15
Un haz de luz salió del pecho de la joven de la silla de ruedas y surcó el aire hasta situarse a una distancia prudencial, formando un cuadrado perfecto de diez metros por lado. El portal se abrió, y un Ford Valiant aceleró desde el fondo del mismo hasta llegar junto a la silla de ruedas y frenar junto a ella, al lado del médico desmayado. La joven observó, espantada, al hombre que se bajaba del auto; alto, con un cigarro en la boca y una mirada feroz que no se parecía a nada de este mundo.
—Hola, preciosa —dijo el hombre, cerrando la puerta del lado del conductor—. ¿Solita?
—¿Quién es usted?
—¿Yo? Arnaldo, un amigo de tu padre —respondió. Acto seguido, apoyó el talón de una de sus botas de cuero en el cuerpo inmóvil del médico y, empujándolo, lo hizo girar lo suficiente hasta generar un espacio para acuclillarse junto a la joven y apoyar sus manos en los brazos de la silla de ruedas—. Rosa te llamás, ¿no? —Ella asintió con un movimiento de cabeza—. ¿Tu viejo nunca te habló de mí?
—No —dijo la joven intentando esconder su miedo—. Mi padre falleció cuando yo tenía ocho años. —Y, tomando coraje, se separó del hombre y desplazó la silla de ruedas hacia atrás; luego se levantó de ella y siguió hablando—: Nunca mencionó a ningún amigo.
—¿Ah, no? Tenía un millón, como dice la canción. —Arnaldo sonrió y miró hacia el portal de luz. Rosa hizo lo mismo, y ambos divisaron allí una cantidad imprecisa de figuras cuasihumanas, de cuerpos deformes, aullando en su interior y esperando la orden de Arnaldo para salir—. Allá están. Y vos tenés la llave que les da entrada a este mundo —dijo, señalando con uno de sus dedos raquíticos el pecho de la joven—. ¿No te duele ahí?
—No.
—Porque de ahí surge todo, Rosa. Sos una puerta andante a otra dimensión. Hacia un lugar… mmm… digamos… muy particular. Muy incandescente, ja. —Arnaldo miró hacia el portal repleto de almas y continuó—: Y ellos sus moradores habituales para toda la eternidad.
—Pero yo… nunca supe de esto. Papá nunca me dijo, y el médico…
—No es un médico como cualquier otro, querida. Es uno de los científicos más importantes del planeta. O podemos anticiparnos y decir «era». Nunca lo pudimos convencer de pasarse a nuestro lado y eso, hoy, le costará la vida. —Dicho esto, y sin avisar, se acercó a la joven y oprimió con lujuria los senos turgentes bajo la bata de hospital. Los humanoides del portal volvieron a aullar, y Rosa se defendió del acoso golpeando con una de sus rodillas la entrepierna de Arnaldo. Este acusó el impacto y, sin inmutarse, sonrió—: Eso de ahí abajo es lo que creó el portal. Lo tuvo la muy puta de tu madre entre sus piernas, y ahora lo vas a tener vos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (Parte 4 de 5)


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12
Salió del hospicio desahuciado, rumiando bronca y dolor, con su hija recién nacida en brazos. Su esposa ya no le pertenecía y su mejor amigo le había dado la espalda. Justo cuando más los necesitaba.
Y la beba le generaba una desconfianza de la que no podía dilucidar con claridad su origen.
Fue hasta su hogar y allí estuvo a solas con su hija hasta que, varias horas después, su mente se abrió encontrando la salida.
Esperaría el momento oportuno. Aunque para ello pasaron mil años y tuviera que remover cielo y tierra. Porque sabía que el hijo de puta que le había hecho eso a su mujer (había comprobado con sus propios ojos el horror del que era capaz, cuando llegó a su hogar luego de la cacería nocturna en la casona de la escalera de mármol) no pertenecía a este mundo.
La venganza es un plato que se come frío.

13
 El anochecer cubría con su manto claroscuro la ciudad y Enrique Gómez, conduciendo su auto, aceleraba por la avenida.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó desde el asiento trasero Rosa, su pequeña hija.
—A la casa de la tía Alicia, Rosi. Hoy te vas a quedar a dormir con ella. Y mañana sábado te vengo a buscar.
—¡Qué bien! Me encanta ir a lo de la tía Alicia. —Para la niña, de solo ocho años de edad, visitar a su tía los fines de semana era una actividad para disfrutar en toda su plenitud.
—¿Por qué?
—Porque después de cenar, y antes de ir a dormir, jugamos a las cartas.
—¿Ah, sí? No me habías contado nada. ¿Y a qué te enseñó a jugar la tía?
—Al pinche. Y le gano siempre —sonrió, cruzando su mirada con la de su padre, quien la miraba por el espejo retrovisor. Este desvió la vista justo cuando las lágrimas comenzaban a asomar por sus ojos.
Hacía solo una hora que, como cada vez que un fantasma andaba a la deriva, había sentido el pitido infernal resonar en su cerebro. Pero, esta vez, la alarma que siempre lo predisponía para lo mejor sonaba con una estridencia enorme, distinta. Y entonces dedujo que algo grande, algo espectral fuera de lo común, había invadido la ciudad.
El momento de la venganza había llegado.
Arribó a la casa de su hermana y, mintiéndole acerca de que era Rosa quien había rogado ir a dormir a su casa ese viernes, le dio un beso en la frente a su hija y prometió regresar a buscarla al día siguiente.
Nunca más pudo volver a acariciarla. Ni tampoco a besarla.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (Parte 3 de 5)


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9
—¡Que pare de llorar, por Dios, que pare de llorar!
—¡No dejes que se escape, Tomás, cerrá la puerta!
El guardia empujó la hoja de la puerta y el hombre vestido solo con una bata se estrelló violentamente contra la madera. Cayó de espaldas, de manera estrepitosa. Otros dos guardias lo alcanzaron, poniéndolo de pie casi de inmediato.
—Vamos adentro, se acabó el paseo por hoy.
Diez metros más adelante, junto a un televisor, otros internados elevaban la cabeza observando las imágenes en movimiento. El volumen estaba en cero y a nadie le importaba.
Solo un rostro estaba vuelto hacia donde los guardias se llevaban al hombre de la bata. La joven tenía enormes ojeras y la piel muy pálida. Sentía el cuerpo ido, lo mismo que la mente. Sin embargo, tenía la certeza de que no pertenecía a aquel lugar.
El doctor canoso que había entrado minutos antes a la sala y ahora conversaba con una enfermera, le resultaba extrañamente conocido. Incluso, hasta la manera de acercarse a ella le parecía difícil de entender. Mientras que a otros los trataba con total indiferencia, a ella la miraba con simpatía, como si la conociera de otra vida.
Aquella mañana le había prometido que pronto se iría del lugar. No necesitaba estar demasiado lúcida para comprender que aquel no era un hospital común. Un pasillo largo llevaba a un ventanal y lo recorría con total libertad a diario. Por las ventanas podía ver los pabellones y a los pacientes deambulando por los patios internos. Aquello era un manicomio.
El paciente vestido solo con la bata fue sacado a la rastra del lugar. El doctor canoso dejó a la enfermera y se acercó a ella. Se situó a sus espaldas y con delicadeza movió la silla de ruedas. La empujó con calma, en dirección a una de las puertas que llevaba al exterior.
Una vez afuera, respiró hondo el aire puro. El verde de la vegetación le confería al lugar un calificativo especial, pero carecía de la totalidad de sus sentidos para poder definirlo con una sola palabra.
El doctor dejó de empujar y se colocó frente a ella.
—Yo te vi nacer, en este mismo lugar.
Ella lo miró sorprendida, y se imaginó que el hombre no era en realidad un doctor, sino otro paciente. Estuvo a punto de decir algo pero él no la dejó, porque siguió hablando.
—Tu padre y yo éramos grandes amigos, pero tomamos caminos diferentes. El recurrió a mí cuando ya era tarde. No obstante, pude salvarte. Pensé que afuera de este lugar no duraría un instante y menos con vos a cargo. Pero me equivoqué. Sin que él lo supiera, vigilé su vida, preparado para ayudarlo. Estaba seguro de que tarde o temprano se descarrilaría nuevamente, pero vos lo cambiaste.
Hizo un silencio. Ella no podía imaginar qué recuerdos pasaban por su cabeza, pero supo que eran fuertes.
—Tu padre... no era una persona normal. No me refiero a la locura, sino a su profesión. Era... muy particular. Nunca lo creí hasta que vi a tu madre darte a luz...
—¿Realmente estuvo usted cuando yo nací?
—Mirá, es largo de explicar. Tu padre era un cazador de espectros, uno de los últimos. Y creo que no ha muerto; o, al menos, es lo que quiero creer. Creo que lo han convertido en uno.
Ella se quedó mirando al hombre de blanco. Apenas si podía entender lo que le decía.
—¿Por qué estoy aquí? Tendría que estar en una clínica común, haciendo quimio, o esperando para morir en paz.
—Es que no tenés cáncer. Lo sé, porque fui testigo de la muerte de tu madre. Lo que tenés es otra cosa. Es la puerta a otra dimensión. Tu padre nunca lo supo y por eso está muerto. Yo lo sé, porque tuve que matar a tu madre. Lo siento tanto…, pero tuve que matarla.
El médico se derrumbó a los pies de la silla de ruedas, ante los atónitos ojos de la joven. Algo se había resquebrajado en el aire y era la realidad misma.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (Parte 2 de 5)


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7
Cuando era un niño le apasionaban las historias de fantasmas que le contaba su madre a la hora de ir a dormir.
Y desde hacía quince años era uno de ellos, el único de su especie en la urbe que había sido su lugar en el mundo hacía ya tanto tiempo.
Como todas las mañanas, se sentó en el banco de la plaza de su barrio a mirar la gente pasar. Nadie le prestó atención (¿así se sentirían aquellas personas a las que él ignoraba por completo cuando le pedían una moneda?): todos corrían rumbo a sus trabajos, mirando sin ver el suelo bajo sus pies. El sol brillaba en lo alto, pero no podía sentir su calor en la piel; y eso era una de las cosas que más odiaba de ser un fantasma.
Maldecía para sus adentros por ello cuando la vio frente a él, estática en la vereda de enfrente. La belleza de su hija lo había impactado desde que era una beba; pero ahora, que ya había cumplido veintitrés años, superaba todo lo imaginado. Se sentía orgulloso por ello. Y por eso sufría tanto por la enfermedad que ella padecía, sin poder hacer nada para salvarla. El cáncer de mama la estaba carcomiendo por dentro, royendo su interior como una rata inmunda. Y sabía que la metástasis mortal no tardaría en llegar.
Cuando sintió los ojos de la joven clavados en los suyos se levantó como un resorte, con todos sus sentidos en alerta. Algo andaba mal. En quince años nadie se había percatado de su presencia, y ahora su hija cruzaba la avenida caminando a su encuentro. Y, además, parecía que la ciudad, de repente, se había vaciado: ningún auto en la avenida, ningún transeúnte en las veredas. Un silencio de muerte lo invadía todo.
Su hija llegó adonde estaba él.
—¿Dónde estoy, papá? ¿Dónde…? —preguntó angustiada. Él intentó abrazarla para calmar su congoja pero fue imposible: sus cuerpos no se tocaron, sino que se atravesaron por completo.
Se dio vuelta y vio cómo ella caminaba por un laberinto de luz en medio de la plaza, desapareciendo en su interior. Quiso gritar, pero de su boca no salió ni un hilo de voz. Tampoco salieron lágrimas de sus ojos, a pesar de la congoja que sentía en sus venas.
Entonces todo cobró vida otra vez. Los sonidos de la ciudad volvieron a hacerse audibles, la gente volvió a correr hacia sus trabajos y los autos a volar por la avenida.
Cruzó la arteria sabiendo que, ya muerto, nadie podría atropellarlo.
Y fue en medio de la calle cuando un Ford Valiant modelo 72 color rojo frenó a escasos centímetros de su cuerpo. La ventanilla del conductor se abrió y un hombre, de anteojos negros y con un cigarro cubano en su boca, le sonrió desde adentro mostrando una fila de dientes irregulares manchados de amarillo.
—Hola, hijo de puta —dijo—. Vine por vos. —Sacó un revólver calibre .45 y apuntó al lugar que, en vida, ocupaba su corazón. Aún sorprendido porque, en menos de cinco minutos, dos personas se habían fijado en él cuando en quince años nadie le había prestado atención (y mientras le parecía oír la voz de su hija a lo lejos), no dudó en salir corriendo. Oyó el disparo pero la bala no le dio, sino que fue a parar contra el puesto de revistas de la esquina. Giró allí escuchando el chirriar de las ruedas del Valiant acelerando tras él.
Y se chocó de frente con un hombrecito ataviado con un traje gris.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (Parte 1 de 5)



Autores: Ernesto Parrilla – Juanito.
1
Entró a la habitación en puntas de pie, cuidando de no despertarla. Lo inundó la fragancia que siempre la envolvía, erizándole el alma. Todo allí era ella. Hasta el más mínimo detalle. Las paredes rosas decoradas con flores rojas y blancas, dibujadas con su mano diestra, sublime.
Sobre los estantes, los libros ordenados por el color de las tapas, regalo para la vista y la armonía. El sol, que se filtraba por los orificios de las persianas, regaba las paredes opuestas con miles de pétalos de luz.
Y en el centro, entre mantas celestes y verdes, en ese hermoso caos de color, ella dormitaba. Su pecho subía y bajaba al compás de una melodía secreta, casi milagrosa. Era el sonido de la vida, que es imposible de escuchar pero se puede sentir.
Se quedó de pie, observando, conteniendo el aliento. Aquella escena lo remontaba al pasado, a cuando aquello era habitual. Su pequeña descansando y él de pie, conteniendo la lágrima. Esperando el momento de gloria de cada mañana, ese donde ella abría los ojos y estiraba los brazos hacia él, con una sonrisa gigante diciendo «¡Buenos días!». Y en el abrazo, él confundiendo sus lágrimas con el cabello suave y revuelto de su niña, tratando que ella no lo viera así, por miedo a que lo creyera débil.
Y ahora, de pie, por más que quería, no podía llorar. El universo por una lágrima, tan solo una. Cerró los ojos sabiendo que de todos modos seguiría viendo. De la misma manera que por más que entrara en silencio, ella no lo escucharía. ¿Cómo puede un fantasma hacer ruido?
Entonces, el milagro. Los ojos de su niña, ahora mujer, se abrieron enormes, saliendo del sueño, pidiéndole permiso al día para ver la luz. Se movió entre las mantas y estiró los brazos fuera de las sábanas, desperezándose. Los bajó de golpe y miró hacia la mesa a su lado. Detuvo el despertador antes que sonara, se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara. El sueño quería ganar la batalla.
Él la observó con melancolía. No estaba allí la alegría de antaño, la contagiosa risa de cada mañana. Al lado del velador un marco de madera contenía una foto de ambos delante de las hamacas de la plaza. En aquella imagen, ella tenía ocho años. En aquel entonces, ella creía en la eternidad.