lunes, 3 de agosto de 2015

¡Viva el rey!




Prólogo
Ya está hecho. Y lo hecho, hecho está.
Ahora sí van a saber quién soy. Y en toda mi dimensión.

1
El paisaje helado asomaba esplendoroso ante los ojos de Finn y Jake.
No habían caminado demasiado desde el Fuerte del Árbol, pero a ambos les parecía que había transcurrido una eternidad luego de recibir el mensaje telepático de Dulce Princesa.
Estaban en la primera planta del Fuerte, jugando «God Of War II» en BMO —la consola de videojuegos— cuando, al unísono, se levantaron del sillón de dos cuerpos como impulsados por un resorte. Los ojos negros de Jake saltaron de sus órbitas, dieron un par de giros en el aire y volvieron a su lugar de origen. Finn soltó el jockstick y este golpeó contra el suelo.
—¡¿Qué pasó?! —preguntó BMO en un chillido.
Pero ninguno de los dos le respondió, porque ya no estaban allí. Un rápido conjuro de Jake los había dejado en la entrada del hogar que ambos compartían, listos para partir; y en la mochila de Finn no solo estaban a buen resguardo un par de esquíes para cada uno, sino también la Espada de la Familia de Jake.
Dulce Princesa se hallaba en peligro. Y aunque ya habían pasado por lo mismo en infinidad de ocasiones, les había hecho saber por telepatía que esta vez era mucho peor.
Y como la espada forjada con la Sangre del Demonio iba a ser más necesaria que nunca, Jake no había dudado ni un segundo en hacerla aparecer de la nada.
Miraron hacia la montaña más alta de Reino Helado —la morada de quien en otro tiempo y en otro lugar se llamó Simon Petrikov—, y en los semblantes de ambos se forjó el gesto de la característica determinación que siempre los guiaba. Finn sacó los pares de esquíes de su mochila y comenzaron el tramo final de la travesía.

2
Siempre me pareció un vejete muy débil. Un viejo llorón, incapaz de hacer absolutamente nada sin su corona, con una flaqueza sobre sus espaldas que le impedía ser él mismo cuando se relacionaba, sobre todo, con personas del otro sexo.
Las mujeres eran su debilidad. Y en especial las princesas de cualquiera de los reinos de la Tierra de Ooo.
Fue cuando me pidió ayuda para conquistar el corazón de Dulce Princesa que me di cuenta de que la puerta para dominar todo el continente se abría de par en par. Porque si hasta el Rey Helado —máximo exponente en ejercicio del poder— necesitaba que le dieran una mano, todos los reyes y princesas de este infame lugar precisarían de mí en algún momento.
No tardé ni medio segundo en presentarme en el santuario secreto de su morada. Y ahí los vi. Ella, Dulce Princesa, encerrada en una jaula de oro de dos metros cuadrados. Y él de pie al lado de la jaula, las manitos azules detrás de su espalda, la vista en el piso y la nariz llegándole hasta la mitad de la enorme barriga.
—No me quiere dar un beso —gimoteó el Rey Helado cuando me vio aparecer junto a ellos saliendo de una nube de humo. Gunter, el pingüino, su fiel servidor, asintió dando dos golpes al piso con una estaca de metal más grande que su cuerpo blanquinegro.
—¿Ah, no? —repuse, clavando mi mirada oscura en el par de puntos negros que hacían las veces de ojos de la joven. Ella sacudió su cabeza de piel rosada, negando con fiereza, y el pelo del mismo color se agitó indómito dentro de la jaula.
—No —siguió lloriqueando el Rey—. Y eso… eso que le… le prometí… que le regalaría… una… una…
—¡No quiero nada suyo! —interrumpió con un gritito Dulce Princesa—. ¡No me interesa nada de un ser desalmado como usted!
—Es que yo… yo…
—¡Silencio! —grité, y de mis ojos escaparon dos llamaradas verdes que chocaron contra una de las paredes de hielo del santuario, dejando allí un par de huecos.
Los dos se callaron y me miraron. Los vi temblar. Y a Gunter también.
Eso me encantó.