sábado, 14 de noviembre de 2015

Adán


(Ilustración de Miquel Zueras - blog: clic aquí)


—Tachame la doble. —El anciano se repantigó en su silla, y bufó en la penumbra de la sala. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se secó el sudor de la frente. La barba que cubría su cara parecía haber perdido su blancura habitual.
—Okey —dijo el otro, tomando el cubilete y recogiendo los cinco dados. Los metió dentro de aquel y, mientras lo agitaba, preguntó—: ¿Estás seguro de seguir con esto? —Su sonrisa sarcástica quedó enmarcada por una hirsuta perilla negra, terminada en punta.
—Sí, claro —balbuceó su rival.
El más joven de los dos lanzó los dados sobre el tapete, y, cuando dejaron de rodar, los cinco mostraron la cara del seis. Generala servida. Y partido.
El viejo se tomó la cara con ambas manos, y la palidez de su rostro remarcó las ojeras negras que caían, pesadas, sobre sus pómulos. La piel carmesí del rostro adusto de su contrincante brilló incandescente, y un intenso hedor a cenizas llenó el lugar cuando habló.
—Hora de pagar —ordenó.
El anciano se levantó y fue junto a él. Le extendió la diestra y el otro, sin moverse de su asiento, se la estrechó. Mientras medían fuerzas con las manos unidas, el viejo de la barba blanca chasqueó los dedos de la siniestra.
—Ya está hecho —susurró en un hilo de voz. Y luego, arrastrando los pies, abandonó el salón.
*****
En el valle se oía el piar de numerosas aves, que cantaban sus odas al amanecer de un nuevo día. La simbiosis del verde que reinaba en el lugar, con el color oro del sol, generaba tonalidades de fantasía que fascinarían a cualquier mortal.
Eso fue lo primero que vio —y admiró— Adán cuando sus ojos dejaron de ser de barro.
Y ello a pesar de que, al inhalar el primer suspiro, sus fosas nasales se llenaron de un penetrante y fétido olor a azufre.


Juanito
Enero de 2015

(Redactado en ocasión de la convocatoria de la Revista Digital «miNatura», bajo la temática «Cosmogonías»)