lunes, 31 de octubre de 2016

Lo que dejó la segunda mitad de 2015



El segundo semestre de 2015 me trajo dos grandes satisfacciones relacionadas con la escritura.

Por un lado, en el mes de julio la revista literaria colombiana «Léase a plena noche» publicó, en su N° 2, mi cuento «Juan, el de la tez morena».
Pueden acceder a la publicación haciendo clic en el siguiente enlace:
La revista, asimismo, puede bajarse en forma gratuita haciendo clic en:

Por otro lado, en el mes de octubre fui invitado por la gente del grupo «Por la reconstrucción del Castillo de Egaña» a leer mis relatos en la jornada nocturna «Acampe en el Castillo».
La pasamos bárbaro leyendo historias de terror, escuchando anécdotas y leyendas fantasmales y recorriendo, de noche y en grupo —los miedosos éramos varios, ja—, un lugar repleto de misterio e historias increíbles (la portada del blog es el propio Castillo de Egaña).
Les dejo algunas fotos de esa gran velada:
El Castillo asomando en la negritud
Sala principal del Castillo
Leyendo
El aguante de los lectores (¡gracias, Elvita!)
Anécdotas fantasmales junto al fogón
Recorrida nocturna por montes y edificaciones aledañas
Casa abandonada del cuidador del Castillo
Portada del blog
¡Saludos!


sábado, 15 de octubre de 2016

Merceditas


(Fotografía de Fernando Avellaneda)


Por el zumbido que hacía pensé que era un mangangá, y me eyecté de la silla impulsado por el miedo ancestral que le tengo a esos bichos. Salí al pasillo de la oficina, arrimé la puerta y, desde un pequeño resquicio, miré hacia el interior.
No era un abejorro lo que se había metido por la ventana, sino un picaflor. Que revoloteaba cerca del techo, obnubilado y sin encontrar una vía de escape.
Volví a entrar a la oficina, tomé la precaución de cerrar la puerta y, luego, salté y agité los brazos para que el pequeño volador huyera por donde había entrado. Esto no sucedió, y al oír los ruidos que hacía en el fragor de mi batalla personal, apareció Pablo desde la oficina contigua; divisó al colibrí, se sacó el buzo que llevaba anudado a la cintura y, mientras yo movía los brazos como si fueran las aspas de los molinos de Don Quijote, lo lanzó contra el ave. Cinco o seis intentos, pero no logró atraparla. El picaflor, entonces, pareció percibir la generosa pausa en el minifusilamiento y se posó en la rejilla rota del aire acondicionado.
Lo miré fijo. Respiraba agitado y el corazón parecía querer reventarle dentro de su pecho verde. Y fue allí cuando lo escuché piar y casi me caigo de espaldas.
Silbaba el estribillo de «Merceditas», el reconocido chamamé.
Justo cuando abría la boca para decir algo, Pablo volvió a lanzar su improvisado proyectil contra el ave y ambos, prenda de vestir y colibrí, cayeron hechos un nudo sobre el escritorio. Presto, mi compañero de trabajo tomó el buzo y lo agitó contra la ventana. Y el picaflor voló hacia su libertad.
Le agradecí a Pablo por la ayuda, quien solo esbozó un gruñido y se fue de la oficina.
Yo me senté frente a la computadora, todavía anonadado por lo que había visto y, sobre todo, oído. La música revoloteaba en mi cabeza y no me podía concentrar.
Estuve cinco minutos mirando la nada. Necesitaba despejarme urgente, y me fui a la calle. Caminé un par de cuadras silbando la melodía del colibrí.
Y entonces las recordé.
A la abuela Cota sentada al piano de su casa, interpretando «Merceditas» con la maestría innata de quienes tocan de oído sin haber visto jamás un pentagrama.
Y a la abuela Piba contándome, hace años, que los colibríes que se meten en tu casa llevan adentro el alma de los seres queridos que ya no están, y que necesitan visitarte para saber de vos.
Entonces levanté la vista y los vi. Dos picaflores aleteaban suave sobre mi cabeza, a medio metro de donde yo estaba. El tiempo pareció detenerse a cero durante unos segundos y, luego, volaron lejos hasta desaparecer.
Lo juro, aunque no me crean: peinaban canas.
Y sonreían.


Juanito
Marzo de 2016

(La abuela Cota, una genia)

(Octubre de 1997)



(«Merceditas», chamamé de Ramón Sixto Ríos interpretado por Los Visconti)

lunes, 28 de marzo de 2016

Los 33.000 kilómetros de «Benjamin»




Sinopsis de «Benjamin»:
El miedo se transforma en terror cuando se esconde en las entrañas de tu casa…
«Ben tiene nueve años, está furioso con su madre y fantasea con la idea de marcharse de casa. Agobiado, se escabulle en la oscuridad del desván: un sitio prohibido e inexplorado que ha caído en desuso hace años.
Tras una búsqueda exhaustiva en los inmensos bosques de Carnival Falls, es considerado oficialmente un niño perdido, y a medida que los días pasan, su familia empieza a aceptar lo inevitable. Ben ha muerto.
Sin embargo, él está allí, sobre sus cabezas. A través de diminutos orificios es capaz de espiarlos, escuchar sus conversaciones íntimas, descubrir sus secretos más ocultos y presenciar cómo, lenta pero decididamente, sus vidas se reanudan… sin él.»

Más datos de interés:
Género: Suspenso. Terror.
Cantidad de páginas: 504.
Ilustraciones en el interior del libro: No.
Tapa blanda: Sí.
Editorial: Suma de Letras.
Facebook del autor: clic aquí.

Book trailer:


martes, 23 de febrero de 2016

Matar a Sebastián




Matar a Sebastián, matar a Sebastián, matar a Sebastián…
(El hombre camina por las calles internas de la Feria del Libro de Buenos Aires. A un costado y a otro brillan los stands de las editoriales y librerías más representativas. Mira fijo al frente, los ojos rojos, lacrimosos).
Hijo de puta. Y la puta que lo parió. ¡Y la puta madre que lo recontra parió!
(Masculla para sus adentros mientras acelera el paso. Aunque la multitud, que abarrota el predio ferial de Palermo, le impide llegar a su destino con la celeridad que le gustaría. Es viernes 1 de mayo de 2015, feriado en Argentina, y la concurrencia a la Feria es la mayor de los últimos quince años).
El de 2015 venía siendo un enero de descanso estival inmejorable. Pero, por mi culpa, todo giró ciento ochenta grados de un día para el otro: fui yo el que llevó el libro a las vacaciones. Lo tendría que haber dejado en casa, criando telarañas y sepultado en la biblioteca. Qué boludo que fui. ¡Qué boludo! Si estábamos al pelo con Mariana y los pibes, pasándola de diez… Al pedo me puse a leer «Tierra de Nadie» habiendo tantas novelas para disfrutar. ¡Boludooo! ¡Sebastián Elesgaray, y la concha de tu hermana!
Si algo tiene Mar del Plata es su oferta de librerías. Libros, libros y más libros, por doquier y a diestra y siniestra. Tendría que haber leído otra cosa —Fontanarrosa, ponele— y no la novela de mierda esa. ¿Por qué? Y… porque es demasiado genial.
(Gotas de sudor caen por sus mejillas, y dos aros oscuros se forman bajo su camisa celeste, a la altura de los sobacos. Es alto, de unos cuarenta años, barba candado y anteojos. Y lleva una mochila negra).
Lo conocí en 2011 a través de las redes sociales. En realidad, conocí sus letras, su estilo de redacción. Y enseguida me deslumbró. Quería escribir como él, llegar al lector como llega él; suspenso, violencia, drama, todo lo maneja de manera impecable. Un escritor de puta madre.
Y parecía que lo iba a lograr. Y más cuando me uní con él y otros seis escritores (los argentinos Bibiana Pacilio, Claudia Medina Castro, Laura de la Rosa y José Luis Bethancourt, el colombiano Mauricio Vargas Herrera y el español William Fleming) en «Historias En La Azotea», un blog para compartir nuestros relatos. Ya lo tenía, ya casi era como él. Y al tipo se le ocurre editar una novela. ¡Nooo! ¡Una novela! Mi sueño, mi gran sueño.
Que él me robó. No tenía derecho a editar primero que yo. No tenía derecho. Yo quería ser el primero en ver reflejadas mis historias en papel. No tenía que ser él. Yo soy mejor. ¡Yo soy mejor! ¡¡¡YO SOY MEJOR!!!
(Dos bibliotecarias afiliadas a la CONABIP, que acarrean sendos carritos de metal con cajas repletas de libros recién adquiridos —y que entorpecen el andar de toda la gente—, miran al hombre que, diciendo en voz alta «¡¡¡Yo soy mejor!!!», las acaba de cruzar. La más joven se toca con el dedo índice la sien derecha y gira su mano en el inequívoco signo que identifica a de la locura. La otra asiente en silencio).
Leí «Tierra de Nadie» en solo tres días. Setenta y dos horas del verano marplatense destinadas a la novela. Qué hijo de puta Sebastián: se mandó una historia impresionante, destinada a ser punta de lanza en las novelas de suspenso y horror de nuestro país (un género al que las editoriales chotas de Argentina no le dan ni cinco de pelota).
Y, cuando cerré el libro luego de la última página, vi mi única salida. ¿Quería ser mejor que Sebastián? Sí. Pero con ese nivel que tenía el escritor platense me iba a ser imposible. Salvo… salvo que el tipo desapareciera de la faz de la Tierra. No le dije nada a Mariana —tan boludo no soy—, pero el plan se me vino a la mente con una lucidez que ni yo mismo pensaba que tenía.
¿Me gustaba matar a los personajes de mis cuentos? Sí, me encantaba. Bueno, ahora lo iba a llevar a la realidad: tenía que matar a Sebastián Elesgaray.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Publicación de «Jornada de pesca» en «miNatura»




En el mes de junio de 2015, la revista literaria online española «miNatura» publicó, en su N° 142 —dedicado a la temática Weird Fiction—, mi microcuento «Jornada de pesca».
Pueden acceder a la publicación haciendo clic en el siguiente link:
Como siempre, encontrarán allí más microcuentos, ilustraciones, comics, entrevistas a autores, artículos y reseñas para disfrutar.
¡Saludos!

lunes, 25 de enero de 2016

El Negro Ledesma y las cosechadoras que vuelan




Un fenómeno de la naturaleza como el Negro Ledesma no aparece todos los días. Se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo, la puta que lo parió. Es más, prefiero ir a pasear al cementerio de noche antes que volver a verlo por el pueblo o los alrededores.
El Negro había llegado a Pampa Caliente en el año 2009, y trabajaba como alambrador bajo las órdenes de don Calixto Espínola. Tenía treinta y dos años, medía un metro noventa de altura y, con solo verlo cavando pozos para los postes o esquineros, o tirando de los rollos de alambre, era fácil adivinar la montaña de músculos que poseía. De piel oscura y ojos achinados, la gorra de vasco era infaltable en su atuendo: la llevaba consigo durante las más de diez horas diarias de labor, y también cuando se juntaba con sus compañeros de trabajo a tomar la copa en el paraje «El Pajonal», propiedad del Vasco Zarrabeitía (lugar que funcionaba como bar y, fundamentalmente, como proveeduría y almacén para la gente que vivía en los campos y estancias de la zona).
Hombre de muy pocas palabras —solo salían de su boca algún «hola», algún «chau», y el «sí, señor» cuando se dirigía a don Calixto—, tampoco soltaba la lengua cuando el alcohol corría por sus venas. Y nunca se lo había visto en pedo.
Amaba jugar al fútbol, y se había hecho famoso por eso. Sobre todo, en los campeonatos de Fútbol 5 organizados por el Vasco Zarrabeitía, que se jugaban en la canchita pegante a su paraje, y donde el campeón se llevaba una buena punta de pesos.
Los cuatro hijos varones de don Calixto Espínola —todos de entre veinticinco y treinta años de edad, alambradores y empleados de su padre— también eran fanáticos del deporte que mueve multitudes por todo el mundo. Y el equipo que habían formado se había consagrado campeón en los últimos cinco torneos organizados por «El Pajonal». Adelante la rompían el Mingo y el Sapo; el Mingo Espínola más goleador, bien nueve de área, y el Sapo Espínola con un desborde por afuera y una gambeta en velocidad pocas veces vista. Atrás hacían pata ancha el Melena y el Lechuga; el Melena Espínola sacando cualquier centro llovido que amenazara el área propia, con un gran manejo de brazos —donde los codos eran el arma más usada—, y el Lechuga Espínola con una fineza de señorito inglés para el quite del balón al rival.
¿Y al arco? Al arco el Negro Ledesma, claro.
El Negro tenía una virtud: no recibía goles. Y ojo que no era alguien que se destacara especialmente por la elasticidad a la hora de sacar pelotas al ángulo, o al cortar avances rivales saliendo a los pies de los delanteros. No, nada de eso; es más, siempre se quedaba bajo los tres palos y apenas descolgaba algún centro. Y nada más.
Lo que pasaba era que los contrarios, cuando quedaban ante al Negro luego de zafar a duras de los trancazos del Melena y el Lechuga, y listos para romper la red o tocarla suavecita a un costado y salir gritando la conquista, siempre —pero siempre, eh, no te miento— le erraban al arco. Era como si algo los nublara en ese último segundo. Uno ha visto delanteros así en el fútbol profesional, tipos que cobran una montaña de guita por partido y que no pueden meterle un gol ni al arcoíris. Por eso no debería asombrar que lo mismo pasara en un campeonato de Fútbol 5 5 de una pequeña ciudad del interior de la Argentina. Lo extraño del caso del Negro Ledesma era que el arquero, cuando tenía frente a sí a sus rivales, no se movía. Se quedaba en la línea del arco, estático, duro como huevo pa’ ensalada.
Y sonreía.
Y los ojos le brillaban.
Y los delanteros la tiraban afuera.
Yo lo vi, eh. Y eso pasó también en el último partido del Negro, aquel que significó para siempre su retiro del Fútbol 5 y su huida de Pampa Caliente.