sábado, 22 de octubre de 2011

El motor de su belleza



Hoy mi mundo es una constelación de cicatrices, mas el sol baña la libertad con suaves gotitas doradas.
Ella así lo quiso. Sus ojos eran míos, su cabello, su piel… su corazón. Fui egoísta, es cierto, pero nunca estuvo en mis planes compartir su amor con nadie más.
Y fue el músculo motor de su belleza lo que tuve entre mis dedos al saber la verdad. Todavía lo siento palpitar, caliente, rojo, febril.
El cuchillo reposaba en el piso en un charco escarlata mientras yo, sentado en el sofá y con sus rizos color del trigo entre mis brazos, observaba fascinado los orificios en su camisón de seda. Así, tranquilo, me encontró la policía.
Hace exactamente veinticinco años los dados de Dios me jugaron una mala pasada y el destino me enfrentó a la peor de las pesadillas: seguir, pese a todo.
Te extraño.
Mucho.


Juanito
Septiembre de 2011
(redactado en ocasión de la 10º Convocatoria Literaria del Bicho de Letras)

Reencuentro


Cerró sus párpados lentamente, como cuando el gélido horizonte se deglute, saciado, los últimos vestigios del rojo sol invernal.
Lo recordó gallardo, impecable traje negro, ojos húmedos, y el altar de fondo mientras sus labios se sellaban, como sus corazones, frente a Dios.
El auto, sonoro con sus cachivaches de lata, yéndose de la fiesta entre risas y aplausos… Niebla cerrada, voraz, aplastante… Cegadores faros amarillos del camión…
Se recostó en el solitario lecho matrimonial y, al dejar la copa vacía de vino, lágrimas y cianuro en la mesa de luz, vio su barbado semblante reflejado en el cristal: sonreía…


Juanito
Julio de 2011

(redactado en ocasión del Ejercicio Nº 1 del Taller Comunitario de Literatura de El Edén De Los Novelistas Brutos)

martes, 4 de octubre de 2011

Primavera escarlata








Un abrazo fraternal salido desde lo más profundo de su ser, lo funde con Gustavo, su amigo del alma. Están así casi cinco minutos en la entrada al cementerio y luego, cuando se miran a la cara, las lágrimas se deslizan por las mejillas de Adrián formando pequeños surcos. La angustia se libera de su cárcel de cristal.
Suben al auto de Gustavo y se alejan de aquel tétrico lugar donde Lourdes, luego del incidente de hace solo cuarenta y ocho horas, ha comenzado a dormir el sueño de la eternidad. En la FM local suena una vieja canción de U2, With or without you, y el silencio se cuela como una daga temblorosa entre ambos jóvenes en el corto viaje al centro de Rauch.
Llegan a la casa de Adrián y después de intercambiar unas palabras, su amigo parte raudo en viaje a Capital Federal. Las obligaciones laborales no dejan espacio para que los sentimientos se explayen mucho más en el tiempo de lo que demandan abrazos y lágrimas compartidos por el tremendo dolor.
Cabizbajo, con su campera colgando del brazo izquierdo, se queda de espaldas a la calle mirando absorto la puerta de su hogar. Está así un buen rato. Todavía no lo puede creer. La fría soledad, que creía para siempre desterrada de su vida gris, otra vez se ha transformado en su compañera fiel. Lourdes no está. No estará más.
El portazo sacude el barrio, que duerme su habitual siesta de pequeña ciudad del interior.