lunes, 30 de abril de 2012

Rústicos (parte 3 de 4)


Parte 1 de 4: click aquí.
Parte 2 de 4: click aquí.




“¿O se te cagó la nena?”

Luis observaba a Alejo desde su área, caído luego de la patada fallida, sin destino, que había intentado contra Walter en el último gol. El pequeño rostro impávido, mirando a Juan Carlos directo a los ojos, sin desviar la mirada un milímetro y haciéndole frente en la derrota como Belgrano a los realistas luego de Vilcapugio y Ayohuma. Personalidad fuerte la de su hijo, igual a la madre.
Aquello lo llenó de orgullo e hizo que se levantara del piso de tierra como si tuviera hormigas en el culo. Corrió toda la cancha antes de que la pelota comenzara a rodar nuevamente después del gol de hacía unos pocos segundos, y fue donde su hijo. Juan Carlos volvía al centro del campo de juego, hipando su risa en medio de lágrimas hilarantes por el bailecito reciente. Luis ni lo miró.
—¿Todo bien, hijito?
—Sí, papi.
—No le hagás caso al viejo ese, es un tonto. —Alejo se encogió de hombros y le dirigió una sonrisa hermosa de aquellas que lo derretían.
—Aunque vos juegues mal, papi, yo igual te quiero. —A Luis se le empaparon los ojos.
—Yo también, genio. Mucho. Pero…, ¿qué es eso de que “juego mal”?
—Y…, el otro señor, el que vino corriendo y me hizo un chiste (que no me gustó), juega mejor que vos —respondió Alejo.
—¿Por?
—Papá, hizo un golazo por arriba del arquero sin pararla —explicó impaciente el niño—, y además casi hizo otro gol cuando vos la agarraste con la mano después de que él tirara al arco. Y vos, papi, además de hacer el penal (eso no se hace, tocar la pelota con la mano, vos me enseñaste) no pudiste defender cuando el otro señor, el mismo que pateó el penal adentro, hizo el tercer gol.
—Bueno, a ver si puedo mejorar algo en lo que queda del partido —dijo Luis.
—¿Vas a defender mejor? —inquirió esperanzado Alejo—. Sino, yo te puedo enseñar…, y también a meter goles.
—Lo voy a intentar de todas maneras, te lo prometo.
Le dio un beso en la mejilla a Alejo y este le devolvió un cálido abracito al cuello.
—¡Che, basta de sentimentalismos que ya termina el turno, Luisito! —gritó Juan Carlos.
Luis volvió corriendo hasta su mitad de campo de juego, otra vez sin mirar al delantero rival. Odiaba que lo llamaran “Luisito”. Lo enervaba.

Rústicos (parte 2 de 4)


Parte 1 de 4: click aquí.




El villano de turno

Los pelotazos llovían sobre el arco de Fernando como meteoritos incandescentes y el ágil golero embolsaba los centros como los antiguos o, de lo contrario, las sacaba todas: al ángulo con mano cambiada, abajo junto a un palo, puñetazo al corner… Y cuando se le escapa alguna, los postes la devolvían como por arte de magia: no cabían dudas, su arco estaba engualichao’.
Mingo y el Raba con no menos de cuatro goles errados cada uno, y Juan Carlos y Walter —los delanteros rivales— casi no la habían tocado; estos últimos estaban creando raíces, estáticos como columnas griegas uno en cada punta del ataque. El dominio enemigo era abrumador.
Hasta que vino uno de los tantos despejes vehementes del Masa y allá corrió en búsqueda del maltratado balón Juan Carlos.
Fue mucho más rápido que el arquero Martín (este estaba en otra, completamente distraído, charlando con amigos moteros que miraban el partido detrás de su arco, y admirando sus motos), a quien el Chueco le escupió:
—¡¡Martín!! ¡¡Salí, boludooo!!
Y Martín se comió todos los amagues, como Goyco contra Colombia (Sanfilippo dixit): Juan Carlos le hizo dos o tres bicicletas, la pisó, la escondió, se abrió a la derecha y luego de dejar al maltratado portero masticando bronca y unas cuantos abrepuños, remató al arco vacío.
Vacío no, porque cuando la pelota se hallaba a centímetros, qué digo a centímetros, a milímetros de cruzar la línea de gol, apareció una mano salvadora que la echó al corner. Pero no era la mano atajadora de Martín sino una mano negra, rastrera, mugrienta y sin honor: la mano izquierda de Luis. El defensor había corrido como alma que lleva el Diablo y cuando Juan Carlos disfrutaba del gol que les daba el empate inmerecido, se estiró cuan largo era y la sacó con la uña mal cortada del dedo chiquito. Penal.

lunes, 23 de abril de 2012

Rústicos (parte 1 de 4)




Para Valentín.

Para el Quique Hrabina,
siempre quise jugar como él.


La pelota de Messi

—¡Dale, papi! ¿Me llevás? Dale, dale, dale… ¿Sí? Dale.
—¿Cómo te vas a portar?
—Bien, papi, requetebién —contestó Alejo, y un brillo esperanzado iluminó sus ojitos.
—Bueno, dale, vamo’.
—¡Esssa! ¿Llevo la de Boca o la del Barça? —En su carita no cabía la enorme sonrisa plena de satisfacción.
—La que vos quieras, mi amor.
—Y…, llevo la camiseta de Román puesta y la pelota de Messi.
—Sí, pero no podés jugar, eh, vamos todos grandes y vos recién tenés seis años. Mirá si te pegan un pelotazo —advirtió su padre.
—Bueno —suspiró Alejo—, no importa, yo alcanzo la pelota cuando se va lejos. Sobre todo si le pegás vos, papá, que sos... ¡malísimo! —Y una risa vivaz y estruendosa invadió la mesa del almuerzo sabatino.
—Y sí, tengo que aprender de vos, que jugás bastante bien —dijo Luis, su padre, mientras lo perseguía con cosquillas vengadoras.
—¡Soy mejor que Messi y Román! ¡Y vos sos peor que Insaurralde! —disparó Alejo, y corrió rápido. Luis salió tras él fingiendo una renguera que le impedía alcanzarlo.
El bocinazo de la camioneta del Chueco interrumpió las sonrisas y los juegos. Puntual, a las 14:00 pasó a buscar a Luis como todos los sábados. Iba con el Mingo, viejo compañero de andanzas futboleras y de las otras, que se tuvo que apretujar un poco para que entraran los cuatro en la cabina de la F-100.
Ni con una espátula o con un escalpelo iba a ser posible sacarle al pequeño invitado especial la mueca de entusiasta alegría que enmarcaba su rostro.

lunes, 9 de abril de 2012

Amores de verano




1
06 de Enero de 2012, 11:05 hs.

Caminaba hacia nosotras mostrando un aire de suficiencia desde su metro ochenta que parecía hacer brillar más el sol caliente de aquel verano de vacaciones en Necochea.
Su torso desnudo recién salido del mar mostraba cientos de músculos producto de horas y horas de gimnasio —y algo de anabólicos—. Un flequillo cuidadosamente desarreglado caía, rubio, sobre sus ojos verde esmeralda. El color oscuro de su piel daba a imaginar que era imposible que en menos de un mes de estación estival la mera exposición al sol hubiera logrado eso: cama solar, sin dudas. Unas bermudas azul oscuro a la moda decoraban el cuadro ideal.
Pero él no me llamó la atención ni me interesó en lo más mínimo.
Junto a ese émulo mezcla de Brad Pitt, David Beckham, y el chocolatero argentino multimillonario Ricardo Fort, y que se abría paso entre la gente como Moisés separando las aguas del Mar Rojo, venía un enjuto proyecto de hombre que sí atrajo mi interés.
De piel más blanca que la leche, apenas superaba el metro setenta de estatura; notable era su flacura (tenía que pasar dos veces para dar sombra), y sobre su nariz aparecía un par de anteojos con unos culos de botella impresionantes que enmarcaban un rostro plagado de pequeños pozos (¿acné juvenil tardío?). Sus cabellos, indomables por el salitre del mar, eran de un color raro que estaba entre el castaño y el negro y se disparaban para cualquier lado menos para el correcto; los hombros gachos en la clásica pose de alguien que se pasa gran parte del día frente a la computadora. Coronaba todo una ridícula malla escocesa a cuadritos blanca y negra colocada demasiado arriba, ceñida a la altura del ombligo y apretando —se notaba— sus partes íntimas.