sábado, 23 de junio de 2012

La tercera opción





Se debatía con frenesí —su mente a mil kilómetros de velocidad— entre las posibilidades extremas que se le presentaban en aquella noche especial.
Una gota de sudor se deslizaba silenciosa por su rostro intentando alcanzar el barbijo celeste, mascarilla descartable esencial que usaba en cada una de sus exitosas intervenciones quirúrgicas.
En la Sala de Operaciones del Hospital Municipal de Posadas yacía inconsciente sobre la mesa quirúrgica el ingeniero Fernando Gasone, ex gobernador de Misiones, uno de los corruptos de peor fama de la provincia de la tierra colorada. El día anterior se había tropezado con uno de los juguetes de su hijo mayor, en el borde de la escalera que conducía del primer piso a la planta baja de su lujosa mansión, y los treinta escalones lograron lo que todo el pueblo misionero quiso hacer siempre —pero sin atreverse—.
«Fractura a nivel de la articulación occipitoatloidea, lo que ha provocado hemisección de la médula espinal a la altura del entrecruzamiento bulbar, con diagnóstico de tetraplejía (traducido: una de las vértebras cervicales se ha desplazado y ha aplastado parte de la médula espinal, en una zona del cuello donde la consecuencia central es la pérdida de sensibilidad y movilidad en los cuatro miembros); urgente intervención quirúrgica para determinar si existe alguna posibilidad de solucionar el problema». Tal la opinión clara y concisa del Dr. Casagrande.
Miraba alternativamente su mano derecha, que sostenía el punzante bisturí, y el cuerpo del hombre que gracias a la función pública había incrementado su fortuna personal en forma considerable, mientras la hambruna crecía a pasos agigantados en el pueblo mesopotámico. Y sabía que estaba más que capacitado para la delicada operación (el último de sus libros sobre Microcirugía había sido mencionado en el XXV Congreso Interamericano de Cirugía Integral —realizado en Caracas— y el rubor cubrió sus mejillas cuando todo el auditorio lo aplaudió, haciéndole saber a través de las palmas lo orgullosos que se sentían de tener entre ellos a semejante eminencia).
La visión de un relámpago a través de una pequeña ventana, y el posterior trueno, lo hicieron volver en sí.
Dos caminos, dos chances; el yin y el yang; el bien..., el mal.
Por un lado aquel juramento de hacía ya treinta y dos años, el de salvar vidas humanas, sin importar quién, cuándo, dónde o cómo; y así darle la posibilidad al Diablo de seguir teniendo a uno de sus servidores más encumbrados sobre la faz de la Tierra.
Por el otro las miradas ausentes, sin esperanza, de aquellos miles de niños y adultos que por la mano opresora e impiadosa del ingeniero Gasone, mendigaban hoy por un pedazo de pan desperdigados por toda la provincia. Sumada a esto la presencia tenebrosa y escalofriante de su querido hermano Andrés en una pesadilla que se repetía todas las noches desde aquel fatídico día.
Como consecuencias indubitables en este segundo sentido, el alivio moral de los Sin Rostro —y su propio alivio moral—, su desacreditación a nivel académico, y el destierro definitivo de este planeta de un ente al que no se le puede decir ser humano (ni siquiera animal).
En mitad de la penumbrosa duda miró a Claudia, la instrumentadora quirúrgica (algo más que su amiga), hundió el bisturí en la región posterior del cuello del ingeniero, hizo un corte vertical preciso, y comenzó la que sin dudas iba a ser su más difícil y penosa operación.