domingo, 17 de marzo de 2013

Distinto tiempo




El agujero en medio de los ojos rezumaba humo, sangre y sesos, y el olor a pólvora invadía el lugar.
Se habían terminado los días en que, sumisa pero sufriendo un calvario inimaginable, aceptaba todo sin decir palabra.
Ya no más «¡hijadeputa!», «¡conchudademierda!», «¡boludaaa!» y el golpe certero posterior con que él, mientras le tiraba de los pelos, rubricaba su firma indeleble, ennegreciéndole un ojo, quebrándole la nariz o rompiéndole un brazo.
Todo tenía un final.
Y un principio.
Comenzaba la etapa donde el mayor de sus hijos, todavía adolescente, debía rendir cuentas ante la sociedad por lo que acababa de hacerle a su padre.



Juanito
Marzo de 2013

(redactado en ocasión de la convocatoria de El Edén de los Novelistas Brutos)

lunes, 4 de marzo de 2013

Temporada de caza


Basado en “Delicatessen”,
de Angie Leal Rodríguez:
”Clavó la daga en su pecho y sacó el corazón
aún palpitante, sintió la sangre chorreando por
 su brazo… lo llevó a su boca y empezó a comerlo.




La niebla cubría los bosques de la isla de Anticosti —estado de Québec, al este de Canadá— y no dejaba pasar los rayos del amanecer. Christopher Harper se mantenía agazapado detrás de un pino, el rifle de precisión sobre su hombro y los ojos muy atentos.
Entonces lo vio. Un ciervo de cola blanca. «Macho adulto, cornamenta de seis puntas», sopesó en su mente mientras apuntaba al cráneo del animal.
El disparo seco cortó el silencio sepulcral del bosque y el ciervo cayó muerto.
Harper fue entonces hacia el animal y se extasió admirando la belleza de su presa.
Fue allí cuando escuchó los bufidos que resoplaban con fiereza a su espalda. Sin que el pánico repentino lo paralizara, giró sobre sí.
La bestia medía casi tres metros. Una pelambre gris cubría todo su cuerpo y las manos de sus cuatro brazos terminaban en garras. Del cráneo y del lomo del monstruo salían largos pelos blanquecinos. Dos orejas puntiagudas asomaban de la cabellera blanca, y los colmillos babeaban en sus mandíbulas. Los ojos rojos destilaban una ferocidad temible.
La bestia saltó encima del cazador, lo derribó al suelo, aferró con sus garras la cabeza y se la arrancó de cuajo de su cuello.
Christopher pataleó dos segundos y luego dejó de moverse.
El monstruo tomó entonces el cuchillo que Harper llevaba en su cintura, hizo un profundo tajo en el pecho del cazador y sacó el corazón aún palpitante. La sangre embadurnó sus cuatro brazos al elevar la pequeña presa hacia el cielo. Con un rugido espectral, llevó el corazón a su boca y comenzó a comerlo con avidez.
A solo diez metros de la macabra escena alguien chistó.
La bestia dejó de masticar, alzó el ciervo muerto y corrió hacia el dueño de la voz.
—Buen muchacho —dijo el hombre. No llevaba plumas en su cabeza ni vestía con pieles como sus ancestros, pero la tez cobriza y las facciones de su rostro mostraban claramente su linaje algonquino. Los anillos con forma de garra que adornaban sus manos indicaban la jerarquía como cacique de su tribu.
El wendigo sonrió sumiso desde sus fauces repletas de colmillos, y sus ojos rojos transmitieron intensa tristeza por los restos del ciervo que cargaba en sus brazos.
El cacique hizo una seña y la bestia lo siguió.
La niebla espesa los cubrió por completo cuando se adentraron en lo más profundo del bosque.


Juanito
Noviembre de 2012



(redactado en ocasión del Ejercicio Nº 2 del Taller Comunitario de Literatura 2º Parte de El Edén de los Novelistas Brutos)



    

(leyendo "Temporada de caza" en la exposición de literatura, pintura y música "CONSEJARTE 2012" - Tandil, 23/11/2012)