lunes, 28 de abril de 2014

Una navaja, no




―¡Mirá, Juan, mirá! ―El otro no dijo nada―. Allá, boludo, a una cuadra. ¿No lo ves?
A pesar de que la niebla era muy intensa, el fulgor amarillo de la luna llena la atravesaba e iluminaba la calle.
―¿El de la bicicleta? ―Diego asintió―. Sí, lo veo. Pero no me grités, pajero.
―Paren de jetear, pelotudos ―susurró Ramírez―. Diego, tirate al piso. Juan, vos y yo nos escondemos detrás de aquel árbol.
Menos de un minuto después, el de la bicicleta frenó, se bajó del rodado, y se agachó junto al cuerpo de Diego. Fue allí cuando los otros dos salieron de atrás del árbol y le saltaron encima. Ramírez sacó una navaja del bolsillo trasero de su pantalón y la hundió en el bajo vientre del hombre una y otra vez. Este, inerte, cayó boca abajo sobre el pavimento.
Eufórico, como luego de cada atraco, Ramírez se subió a la bicicleta y ordenó:
―Diego, rápido, venite conmigo. Juan, fíjate si el muerto tiene algo de guita encima. Nos encontramos donde siempre.
Ramírez y Diego se alejaron velozmente del lugar y Juan se quedó junto al cadáver.
Cuando lo dio vuelta para revisarle los bolsillos, la sangre se le heló por completo.
El de la bicicleta le guiñaba un ojo y, con ironía, sonreía feroz.
Las últimas palabras que Juan oyó salieron, guturales e inhumanas, de la boca pútrida y negra de aquel hombre.
―Una estaca de madera tendrían que haber usado, pibe, no una navaja.

Juanito
Enero de 2014

(Redactado en ocasión de la convocatoria del Taller Literario «Disparaletras»)

lunes, 21 de abril de 2014

Publicación de «La última bala» en «Corazón Literario»




Por intermedio de la escritora española María Dorrego conocí en el 2013 a la gente de la revista literaria online española «Corazón Literario» y, en especial, a Javier Martos, colaborador permanente de la misma.
En la edición N° 8 de la revista, del mes de julio de 2013, tuvieron la gran deferencia de publicar mi relato «La última bala».
Pueden acceder a la publicación haciendo «click» en el siguiente link:
Encontrarán allí, asimismo, más relatos, micros y poemas de excelente factura. En lo particular, recomiendo la lectura del cuento «Sara», de la escritora española Nadine.
¡Saludos!


lunes, 7 de abril de 2014

La inocencia de Gean Rossi




La discoteca La Embajada estaba repleta de gente, y no cabía ni siquiera un alfiler.
Los jóvenes de la ciudad de El Tigre, en el estado de Anzoátegui ―Venezuela―, se congregaban en sus instalaciones no solo los fines de semana, sino también en cada ocasión en que la disco abría su puertas con motivo de festividades especiales.
Y la Navidad del 2013 era una de ellas. Los dueños del lugar habían anunciado, sin dar más datos, un show único que comenzaría a las cuatro de la madrugada del veinticinco de diciembre, y la expectativa había crecido hasta límites insospechados.
Junny DJ, imponiendo desde su cabina las últimas novedades de la música electrónica, el tecno y el dance, hacía saltar frenéticos a los cientos de personas que allí se encontraban.
Gean Rossi, claro, no había faltado a la cita anunciada con bombos y platillos. Había brindado con su familia con la llegada de la Navidad y luego, como habían quedado previamente, se había encontrado con Carlos, Jonatan, Katherine, Mila, Kimbery y los demás. Todavía le costaba identificarlos como ex compañeros del bachillerato pero, en su fuero interior, sabía que tenía que disfrutar de la compañía de sus amigos como nunca antes: pronto, cada uno buscaría nuevos horizontes ―él pensaba seguir la carrera de Contaduría Pública―, algunos fuera de El Tigre, y, quizás, pasarían meses antes de volver a verse con alguno de ellos.
Desde que habían egresado de la U.E. Luisa Cáceres de Arismendi, hacía menos de un mes, Gean y sus compañeros ―«ex compañeros», se recordó para sí en medio del punchi punchi musical― no perdían ocasión para encontrarse en La Embajada y disfrutar cada noche, entre miles y miles de carcajadas (y alguna copa de más), como si fuera la última.
―¡Y ahora… el momento cúlmine! ―anunció Junny DJ por los altavoces del lugar―. ¡Lo que todos ustedes estaban esperando! ―Una versión electrónica de la canción The Final Countdown comenzó a sonar, y los gritos de júbilo y algarabía ganaron el lugar―. ¡La sorpresa de la noche! ¡Un show único! ―Gean, Carlos y Jonatan avanzaron como pudieron, entre apretujones, codazos y miradas furtivas, hasta el límite mismo del escenario de La Embajada; las chicas quedaron algo más atrás―. ¡Diosaaa… Canales! ¡Y Mic Baby J!
La escultural morocha ocupó el centro del escenario, acompañada por el cantante y cuatro bailarines. Ataviada con un gorro navideño, una minúscula minifalda ―que poco dejaba a la imaginación― y dos trocitos de tela negra cubriendo sus enormes pechos, comenzó a moverse al ritmo de su canción «Rompe el celofán».